Esta es la entrevista que publicó Revista D el 12 de diciembre de 2010.
El maestro Héctor Gaitán falleció el miércoles 1 de febrero del 2012, a los 72 años de edad.
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Un hombre de hierro, un tipo curioso y memorable, ese es el historiador, periodista y escritor Héctor Gaitán.
POR JUAN CARLOS LEMUS
A sus 70 años, ya padeció los golpes que, según dicen, son los más graves que puede sufrir un ser humano: la muerte de la madre, el padre, la esposa y de un hijo. Su ameno puño literario goza de buena fama. Evidencia de ello son sus siete tomos de La calle donde tú vives y sus otros 16 libros relativos a las memorias del siglo XX de Guatemala, incluidas historias de fusilamientos, presidentes y otros temas igual de tenebrosos, todos escritos con gran sabor local.
Sus conocimientos sobre historias de espantos harían suponer que Gaitán es un abuelo con pantuflas y gorrito, que se sienta con sus nietos al calor de una hoguera y les relata historias de la Siguanaba. Su aspecto bonachón y sus 250 libras así lo reafirmarían, pero bajo su blandura hay un hombre de hierro. Adentro tiene una estructura emocional hecha de varillas de acero. Gaitán es el tipo de optimista con los pies bien puestos sobre la tierra. Posee extraordinaria bondad, pues la vida se ha encargado de moldearlo, durante 70 años, a fuerza de golpes, cárcel, decepciones políticas y sus propias fobias al imperialismo yanqui. Así es, no hablamos de un gordito inofensivo, sino de un intelectual templado, que tuvo una juventud aguerrida, que se formó académicamente en Guatemala, México y Estados Unidos, y que posee la memoria social y antropológica del país del siglo XX. Un académico muy serio, pero eso sí, de gran simpatía. A quien quiera informarse de Guatemala y sus personajes, le recomendamos que lea sus siete tomos de La calle donde tú vives (Artemis Edinter).
Jamás disparó armas, pero se involucró en una célula guerrillera urbana que repartía propaganda subversiva. A principios de la década de 1970 fue capturado en una balacera, y fue puesto preso. Salió al exilio en México, país en el que sobrevivió 10 años vendiendo libros y platería.
Conversamos para esta entrevista una tarde del recién pasado noviembre, en el parque central del Centro Histórico, en medio de un viento helado y toldos de la feria del libro que se caían detrás de nosotros. Nos reímos de las paradojas de su vida; la primera de ellas, que aquel antiimperialista estudió periodismo en Estados Unidos. La segunda, la más significativa, que actualmente puede ver gracias a que le fue implantada la córnea de un gringo muerto —iba a quedar ciego, pero en el Comité de Pro Ciegos y Sordos hicieron un buen trabajo—.
Este es el autor de libros y audiolibros de espantos y aparecidos, un hombre curioso y memorable que nació a manos de una comadrona, —después de que su madre perdiera cinco hijos— en su casa ubicada en el primer callejón urbano que hubo en la ciudad, allá por el estadio, en 1939. Al igual que Pedro Calderón de la Barca, cree que la vida es un sueño.
- ¿Cómo conoció y se despidió de su esposa?
La conocí en el atrio de la Recolección. Nos casamos siendo muy patojos, yo tenía 20 y Esperancita 17 ó 18. Murió a los 70 años de edad, en el 2004. Ese fue un período muy duro de mi vida, una tragedia, porque mi hijo Héctor contrajo una enfermedad viral por comer cosas en la calle. Hepatitis. Empezó mal, como en octubre del 2003, y nunca me imaginé que iba a tener un desenlace fatal. Tenía 38 años, se iba a graduar de licenciado en Historia. Dejó tres niños y a su esposa. Murió el 24 de diciembre del 2003. Mi esposa estaba muy enferma, la estuve llevando a México para curarla; era un ir y venir, pero allá ya la habían desahusiado, y fue muy valiente, pero llegó el momento y el 15 de febrero, a un mes y días de que murió mi hijo, también murió. Tenía osteoporosis crónica.
- La Navidad no es alegre para usted.
Me afecta, pero me hago el pendejo, porque tengo un nieto que vive conmigo. Me hago el fuerte porque no le voy a destruir la vida al niño con tristezas.
- Estuvo involucrado en un movimiento revolucionario, ¿qué piensa, hoy, de la izquierda?
Para mí, la izquierda es una utopía. Nosotros luchamos por convicciones, con el corazón, con todo lo mejor que se pudo haber tenido para Guatemala, pero se dieron cosas que, si yo las digo en este momento, puedo ofender a personas que aprecio y que cometieron errores. Por eso ya no me fui de México a Cuba, y me salí del movimiento. Sigo pensando, eso sí, que Guatemala necesita un cambio radical, pero pacífico; necesita más diálogo con todos, con los pobres; no sé si eso es utópico, pero creo que un día todo será mejor.
- ¿Cómo salió al exilio?
Era la época de Ydígoras Fuentes. Empezaron a catear la casa, se llevaron presos a mi papá y a mi hermano. No me lograron agarrar; solo una vez, en una balacera; fue por el Conservatorio Nacional de Música. Pero sucedió que mi padre era muy amigo del jefe de la judicial —imagínese usted—, don José Bernabé Linares. Mi papá, desesperado, fue a hablarle y le pidió: "Bernabé, ayudame, es mi hijo". No me trataron mal, porque él me conocía. Solo recuerdo que se me acercó don Bernabé, me pegó duro en el brazo y me dijo: "Vas a matar a Luis". A las cuatro horas iba yo en avión para México.
- ¿Cómo fue el exilio?
Como decía Miguel Ángel Asturias, el exilio es un camino triste y frío. Pero yo tenía una tía en México que había salido al exilio en tiempos de Estrada Cabrera, entonces, yo tenía casa. Pero mi rebeldía, esa forma de ser de uno de patojo, que se cree muy cabrón para todo, me hizo alejarme de ella y de su casa. Era 1958. Traté de ser independiente. Afortunadamente, no caí en malos pasos.
- ¿Vivió la psicodelia de aquellos años, en México?
Era la década de 1960, la música de los Beatles, la época de Elvis Presley, y éramos jóvenes. En ese tiempo, las drogas eran el pan diario de cada día. Aquí, en Guatemala, era algo tranquilo, pero en México era cosa seria. Bendito Dios, jamás le hice a las drogas. Sí fumaba, tomaba cervezas. La psicodelia iba unida a los alucinógenos, pero nunca los probé. Sí vestí a la moda, aunque nunca usé pelo largo porque trabajaba con unos españoles vendiendo libros y platería, así que no podía andar en fachas. Luego fue la época de la persecución a muerte, en México, de los roqueros. Era prohibido vestir a la moda, a los jóvenes los sacaban de los cafés, fue algo muy serio. A nosotros —los exiliados— nos tenían bien controlados, por cualquier cosa nos podía citar Gobernación.
- ¿Cómo fue su retorno?
Fueron 10 años en el exilio. Me vine porque mi padre me mintió, me dijo que mi madre estaba muy grave. Él quería tenerme cerca. Gracias a que había sacado unos cursos de locución y periodismo en la academia Novo, en Monterrey, gané un concurso de locutores para la televisión. El examinador era don Mario Ferreti. Pasaron los años y vino la venta del noticiero, lo compró Mario Solórzano Foppa y Ariel Deleon, periodista que también estuvo exiliado. Me gané una beca para estudiar periodismo en Estados Unidos.
- Una paradoja, ¿no cree? Llegó al país imperialista.
(Ríe) Sí. Estudié, en 1979, en Nueva Orleans y en Dallas. Y a mí no se me quitaba lo de izquierda. Una vez, un instructor pidió que cada periodista expusiera la situación política de su país. Para qué me preguntaron, casi me sacan. Les dije que el imperialismo manejaba las riendas de América Latina, que había puesto y quitado presidentes como le daba la gana, que nosotros, los latinos, éramos un patio trasero de Estados Unidos. "Se te fue la mano", me dijo el profesor, un peruano. "Usted preguntó y yo respondí con la verdad", le contesté.
- En su profesión ha sido muy afortunado, me parece.
Sí, soy afortunado, aunque creo que he vivido a la carrera. Siento que todo acaba de suceder. Nací para tragarme la vida; siempre sentí que se me iba y quería atraparla; hoy, la llevo más despacio.
- ¿A qué se refiere con vivir a la carrera?
Creo que desde patojo vivía con el temor de que me iba a morir, hasta ahora, a los 70 años, estoy aterrizando. Me iba a quedar ciego, tenía unos lentotes que no aguantaba sostenerlos en la nariz, tenía una catarata muy severa en un ojo, y en el otro, un problema en la córnea. Me operaron en Pro Ciegos y Sordos, me implantaron la córnea de un gringo muerto. Bendito Dios, miro.
- ¿Qué tan duro fue pensar que quedaría ciego?
Cuando estaba perdiendo la vista, estaba escribiendo un libro sobre la vida del Hermano Pedro. Ya no veía las letras, leía con lupa. Era el año 2002. Le pedí mucho al Hermano Pedro —es cuestión de fe—, y cuando me operaron los ojos y me quitaron la venda, la doctora Mac Donald me hacía señas con los dedos y yo no veía nada. Pensé que estaba ciego. Ella dijo, "Tranquilo, pueden llevárselo. Que le cierren bien los vidrios del carro y cuando vayan por Majadas, quítese la venda y va a ver". ¡Y así fue! Cuando por Majadas me quitaron la venda, pude ver. Desde entonces miro los pájaros, los árboles, el cielo azul, la Catedral, esa belleza. En las mañanas, en el patio de la casa, echamos alpiste para los pájaros y lo disfruto plenamente. Ahora disfruto cada paisaje, cada luz, la risa de un niño, aprovecho mi tiempo para observar cosas, y así lo haré hasta que Dios me lo permita.
- Una nueva paradoja, don Héctor, tiene una córnea imperialista.
(Ríe) Sí, quién lo iba a pensar. Ahora, veo la vida de distinta manera, señor Lemus. Trato de no hacerle mal a nadie, ni siquiera con el pensamiento. Soy humano y he visto palpablemente aspectos profundos de Dios. Por ejemplo, yo no gozo de prestaciones laborales, hago mi trabajo y me pagan. Eso es todo, y es algo que agradezco profundamente, pero, a veces, me veo en trapos de cucaracha, porque uno no tiene Bono 14 o aguinaldo —por cierto, el IGSS me lo paga mi editor, Jesús Chico, director de Artemis Edinter, lo cual le agradezco, si no, ya me hubiera ido de este mundo—. Pues, decía eso porque cuando con mi familia nos hemos visto sin plata, nos reunimos y decimos, qué hacemos, no hay dinero, y de repente, una llamada: "Héctor, ¿tiene discos? Quiero dos colecciones, vengo de Canadá..." Es entonces cuando veo la mano de Dios.
- ¿Qué piensa de la muerte y la eternidad?
Pienso que es el misterio más grande de la humanidad. Ya le conté mi cuadro clínico, el corazón lo tengo jodido. Si me da un infarto, no sé a dónde me voy a ir. Pienso que el tiempo no existe, que esto que vivimos, esto que platicamos, todo es como una película, un sueño que estamos viviendo, y cuando me despierte, no sé donde voy a estar. Uno pasa por el tiempo sin sentirlo, y cuando viene la muerte, después de ese proceso que nadie sabe qué es ni a dónde va, los segundos pueden ser centurias, quién sabe, eso dicen los grandes pensadores.
- Menciona a Dios, pero no sabe qué pasará después.
(Ríe) Mire qué contradicciones: soy católico, estudié en la Casa Central, pero de allí me corrieron por mal portado.
- Finalmente, algunos querrían leer cómo surgió su inclinación por la historia.
Nací en un barrio obrero. Mi padre era un empleado postal que dejó allí su vida. En nuestra casa vivía mi tío, el tío Carlos, quien nos llevaba al cementerio, y cuando lo hacía, era una clase de historia. Decía: "Miren, aquí está enterrado Jorge Ubico, o Lázaro Chacón, él tomó el poder en tal fecha, de tal y tal manera". Nos hablaba de personalidades como Pepe Milla, quien está enterrado en el cementerio General. Esa es la parte que me invitó a mí a empezar a escribir. Además, yo oía los cuentos con los obreros del barrio, de ferrocarrileros, de cargadores, ellos habitaban en palomares. Nosotros teníamos casita, pero uno de patojo se va a meter a todas partes, así empezó mi afición por escuchar sobre las leyendas de Guatemala. Tendría yo, más o menos, seis años.
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Héctor Gaitán (Guatemala, 1939)
Autor de 23 libros, editados por Artemis Edinter, entre ellos:
Siete tomos de La calle donde tú vives.
Dos tomos de Memorias del siglo XX de Guatemala.
El Centro Histórico. Libro polémico sobre lo que han hecho con el centro histórico, al convertir casas antañonas en parqueos.
Los fusilamientos en Guatemala.
Los presidentes de Guatemala.
Recetario curioso de Maximón
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viernes, 3 de febrero de 2012
martes, 26 de abril de 2011
Breve historia del historiador Miguel Álvarez Arévalo


Uno de los más famosos historiadores del país, Miguel Alfredo Álvarez Arévalo, explica los orígenes de su vocación.
Por Juan Carlos Lemus
Estamos en el Museo Nacional de Historia, un edificio de 1896, ubicado en el centro histórico de la Ciudad de Guatemala. El Cronista de la Ciudad, Miguel Álvarez Arévalo, tiene sobre su escritorio imágenes de santos, cristos; autógrafos de Sarita Montiel, de Rocío Jurado; una computadora portátil con sus bocinas, y algunas fotografías de sus viajes a otros países. Viste un impecable traje azul marino y zapatos negros lustradísimos. En su oficina cohabitan la Guatemala de los siglos XVI al XXI con el Facebook. Sobre los gruesos muros cuelgan los pasos de Cristo camino al Calvario, un soneto al óleo, del siglo XVIII; más de cien cuadros con diplomas, títulos y otros reconocimientos suyos, y detrás de ellos, en la calle, mientras charlamos, pasa una manifestación universitaria con vuvuzelas, ruidosa modalidad regalo de Sudáfrica para el mundo.Todo eso es como un bodegón de antigüedades sostenidas por muebles bauhaus y tecnología del presente siglo. Miguel Álvarez —quien hace unos años apareció en 15 programas de televisión de Tokio, hablando en japonés (traducido)—, está sentado al centro, casi inmóvil durante las horas que dura nuestra charla. Carece de titubeos. Habla con sorprendente precisión, tal como lo hace casi a diario para la radio, televisión y prensa escrita. Su tez blanca acusa breves quemaduras propias de quien camina bajo el sol, pues vive a pocas cuadras de su oficina. Mas ese aspecto casi hierático se esfuma los fines de semana, cuando se puede ver por las calles del Centro a este hombre de 58 años vistiendo tenis, playera y pantalones de lona; que cocina fiambre para el Día de Difuntos —con una receta de hace más de cien años, aclara—, pescado a la vizcaína; ponche y buñuelos para las posadas. A diario lo saludan las señoras del mercado, los taxistas y los meseros.
Tan ajetreada vida podría requerir, creo, un descanso, pues todo el tiempo le hacen preguntas sobre la historia nacional, tanto investigadores como catedráticos universitarios y estudiantes, pero Miguel Álvarez —sobrino nieto del ex presidente Juan José Arévalo— asegura que para él es todo lo contrario, que cuando no se le consulta siente algo de vacío. En efecto, en tantos años ha demostrado que no es egoísta con lo que sabe. De hecho, muchos lo consultan y no lo citan; otros lo citan sin consultarlo, pero él parece no darse por enterado. Hay que añadir que es modesto, quizá en exceso, pero este es un reporte exigente —le hago ver—, y es necesario hablar de algunos de sus aportes al patrimonio cultural. Por ejemplo, en mis consultas sobre su vida encontré que fue él quien descubrió hace 30 años que el Niño Nazareno de La Merced en realidad es el Patrón Jurado de la Ciudad de Guatemala. En segundo lugar, para el terremoto del 1976, con otros historiadores, logró rescatar de la destrucción piezas folclóricas, para que no quedaran enterradas. Tercero, que evitó, con otras personas, que el ex presidente Romeo Lucas demoliera los edificos de la Gobernación y la Casa de la Cultura de Quetzaltenango, hoy ambos patrimonios nacionales.
Hay una canción muy sencilla que dice: “Nada te llevarás cuando te marches”. A mi parecer, Miguel Álvarez lo ha comprendido bien. Aseguro que morirá feliz solo si lo hace hablando, hasta el último minuto, de la Merced, las tradiciones navideñas, Jesús de los Milagros, la Virgen María en el arte colonial, Jesús de Candelaria, las procesiones, los Ángeles Llorones, de la historia del Palacio Nacional, del Centro Histórico, sobre gastronomía tradicional y de Nuestra Señora del Socorro, por citar unos cuantos de los temas que ha desarrollado en sus 26 libros.
¿Cómo empezó todo? ¿Cómo era usted de niño?, ¿un cucurucho?, ¿un terco niño historiador?
Nunca fui cucurucho ni acólito, pero sí me gustó la historia desde pequeño, y hablar con los curas. Me gustó la historia y Estudios Sociales. Mi mamá ejerció una muy buena influencia en mí, y cuando yo sabía que en la escuela íbamos a estudiar sobre historia de Centroamérica, ella me la explicaba antes.
¿Cómo fue su infancia?
Soy un hombre de la década de los cincuenta. Nací cuando la vida giraba alrededor de lo que hoy es el Centro Histórico. Cines, comercios, procesiones; hasta si uno quería comprar una semilla, todo lo hacía en ese lugar. Los teléfonos eran prohibitivos; no todas las casas tenían uno, y públicos había uno que otro. Mis primeros cinco años los viví en la zona 9, en Tívoli.
Recuerdo muy bien el olor a tierra mojada, la fragancia de la flor de muerto y todo lo que había en ese lugar en donde antes no había un Parque de la Industria, sino un bosque con lagunetas. En mi inocencia creía que esos eran los bosques de los cuentos de hadas. Cuando estaba en primero primaria, en el instituto Cervantes, cerca del parque La Concordia, me venía en la camioneta 6, que daba una vuelta por un enorme bosque de cipreses que había donde hoy es La Terminal. Aprendí a leer y a escribir con mi libro Caminito de luz y mis cuadernos de caligrafía.
La educación en su época era muy diferente a la actual, sin duda.
Sí. Nos llevaban de excursión a ver cómo se hacían los fósforos, o las gaseosas. La formación que nos daban en primaria era muy integral, y sobre todo, con pautas de comportamiento; por ejemplo, cómo caminar en la calle, cómo atender a una persona no vidente, cómo respetar a los ancianos, a dar el lugar en el autobús, para que se sentara alguna señora, y todo eso lo reforzábamos en casa. Cuando tenía 8 años, en el colegio nos ponían ejercicios de memorizar cuántas tiendas había, cuántas librerías, iglesias católicas, cuántas evangélicas, qué líneas de autobuses pasaban, instituciones que había cerca, creo que todo eso es importante para conocer en dónde se encuentra uno.
¿Cómo era la tecnología?
En Guatemala eran contados los televisores; no todos tenían; ni aparatos domésticos. Empezaban las fotocopias, el emplasticado de documentos; las llamadas de larga distancia eran carísimas. Eso sí, mi generación fue testigo de los grandes acontecimientos transmitidos por la televisión; por ejemplo, las Olimpiadas de México, en 1968, y la llegada del hombre a la Luna. Aquello era sorprendente. Las calculadoras eran tan grandes, que no podía uno llevarlas al colegio; las tablas de logaritmos eran espantosas. Cuando llegó la computadora era algo raro, y ya no digamos cuando me preguntaban cuál era mi e-mail. Al principio, le pedía a mi secretaria que se encargara ella de todo, pero luego aprendí y ahora hasta estoy en Facebook.
¿Qué recuerda de sus paseos familiares?
Me le pegué mucho a mi abuela materna; a ella le gustaba caminar. Nos íbamos en tren a Amatitlán, por 20 centavos. Al llegar a la estación tomábamos un carro jalado por caballos a ver las poblaciones del lago, que ya no existen. Comíamos aquellos dulces de colores tan artísticos. Para mí, más que sabrosos, eran preciosos. Otro de mis paseos favoritos era subirme a la terraza a ver aviones, que todavía eran de hélice, porque hasta 1961 empezaron a venir los jets de Pan American, de México. Parte de mi vocación viene de nuestros paseos a Sumpango, Sacatepéquez. Nos íbamos a Antigua Guatemala por caminos de terracería; así empecé fascinarme por las ruinas, donde todavía había gente viviendo adentro.
Usted vivió cerca del manicomio, ¿recuerda cuando se quemó?
Sí, lo recuerdo muy bien. Yo tenía 8 años; fue el 14 de julio de 1960. Fue algo impresionante. Vivíamos enfrente, calle de por medio; era de noche y ya estábamos acostados. Se fue la luz, nos levantó mi mamá y no encontrábamos la ropa, hasta que mi mamá nos vistió. Unos vecinos nos rescataron y nos llevaron al lado de la zona 3. Al día siguiente vi el desfile funerario, el lugar estaba todo cubierto de pelusa, y un olor a quemado. Espero que no suene muy vulgar lo que voy a decir… pero lo asocié con carne, y no pude comer carne asada en mucho tiempo.
¿Cómo fueron sus estudios de secundaria y su llegada a la universidad?
La secundaria la estudié en el colegio Santo Domingo, donde ahora está Jesús Obrero, y en el International School, en la avenida La Reforma. Me incorporé al periódico del colegio, que se llamaba Avances; era en 1968 y 69. Cuando fue el seminario para salir de bachiller, propuse el tema de turismo; lo aceptaron y nos permitió hacer un estudio sobre Guatemala. Al salir del colegio me inscribí en la universidad. Podía estudiar las carreras convencionales, derecho o ingeniería, pero tenía vocación humanista. Eso se impuso y me inscribí en la Facultad de Humanidades, en el Departamento de Historia. Tuve excelentes maestros, como Julio Galicia, Pedro Tobar Cruz, Edna de Rodas, Jorge y Luis Luján, Josefina Alonso de Rodríguez, quien nos motivó mucho en la defensa del patrimonio.
Usted descubrió que el Niño Nazareno de La Merced es el patrón Jurado de la Ciudad. ¿Cómo fue eso?
Tuve la dicha de trabajar algunos documentos inéditos sobre el caso de Jesús de La Merced. A la imagen del Niño Nazareno de La Merced, que sacan los niños en procesión el Sábado de Ramos, ahora le dicen Niño de la Demanda. Fue gracias a que el padre Toruño me permitió leer los documentos, investigué y di con la fecha exacta del traslado de la imagen de Antigua Guatemala a la Ciudad de Guatemala, con la rogativa y el honor que tiene como Patrón Jurado. Faltaba un año para celebrar el bicentenario de la ciudad, y eso permitió que se le hiciera un festejo. Desde que le di la información de los documentos a don Julio Farfán empezaron a utilizarlo; eso fue hace más de 30 años.
¿Qué es el Patrón Jurado?
Lo que pasa es que en la época colonial las autoridades municipales tenían mucho acercamiento con la Iglesia; entonces, en algunas circunstancias se nombraba Patrón Jurado a una imagen, y el ayuntamiento hacía un juramento. En este caso encontré el juramento que se hizo de Jesús de La Merced, dato que luego confirmé con los libros del cabildo municipal.
¿Cómo vivió la época, como historiador, durante el conflicto armado?
Era difícil recorrer el país. Muchos de mis compañeros desaparecieron. A pesar de eso, con algunos de ellos lo recorrimos, estudiando el folclor, la artesanía y la cultura. Me dolió muchísimo cuando me enteré de que debido al terremoto de 1976 muchas personas de Santa Apolonia y de otros lugares habían muerto, y mucha de su artesanía desapareció. Ya había yo trabajado la grabación de una loa, y eso sí se conserva porque lo entregamos al Cefol, en el año 1975. El terremoto me vinculó con el patrimonio cultural, porque estuve muy consciente de la tragedia, del dolor humano, pero con nuestro equipo de historia en la San Carlos lanzamos la voz sobre el patrimonio cultural y nos fuimos junto a los que salvaban vidas humanas, mientras nosotros intentábamos salvar el patrimonio; incluso, nos metíamos entre la destrucción para ver qué podíamos hacer. Nos íbamos sin viáticos a occidente. En la capital nos agarraron los temblores en algunos campanarios de las iglesias. La destrucción del patrimonio es la desfiguración de la cultura, pues hubo muchos lugares que al perder máscaras, vestimenta, retablos y arquitectura, se inventaron otros.
¿En qué circunstancias llegó a dirigir el Museo Nacional de Historia?
En 1983. Trabajaba yo en el Registro cuando me pidieron que me hiciera cargo del museo, que se encontraba alquilando casa en la 11 calle, entre la 6ª avenida y 6ª avenida “A”. Pero dentro de las políticas que se tenían en la época de Lucas García era la demolición de los edificios. Hasta quería demoler unos monumentos en Xela. Por cierto, tuvimos la lucha y el apoyo del ministro de Educación, que era Putzéis Álvarez, pues querían derribar la Gobernación y la Casa de la Cultura de Quetzaltenango, pero el pueblo de Quetzaltenango nos apoyó y finalmente fueron declarados monumentos nacionales. Lo mismo intentamos con el edificio de San Francisco, en la capital, donde funcionaba el segundo cuerpo de la Policía. También con Putzéis Álvarez logramos que fuera declarado monumento, para que no lo derribaran, y lo logramos, pero sucedió algo sin precedentes: se emitió un nuevo acuerdo en el que decía que ya no era monumento. Fue inaudito que se hiciera una contraorden para darle baja y destruirlo, en 1979. Pero, bueno, el edifico donde está actualmente el Museo se adquirió gracias al apoyo de varios intelectuales. David Vela nos consiguió una entrevista con Lucas, y este entregó el edificio al Museo, en 1981.
¿Cómo evita la nostalgia, pues lo suyo es la historia como ciencia?
En esta ciudad puedo vivir la época de la Colonia y también el siglo XXI. Es una ciudad que si no la viera con la fuerza de la ciencia, estaría viéndola con nostalgia. Por supuesto que a veces veo el asfalto y pienso que si lo escarbáramos, tal vez encontraríamos piedras desgastadas por el paso de los carruajes, las huellas de los penitentes, las de los mercaderes, huellas de José Martí y de todas las personas. Esta ciudad es un todo; nació con vocación de capital.
¿No le cansa un poco que lo llamen todo el tiempo para hacerle consultas?
Para nada. Le voy a decir la verdad: yo sufro mucho cuando veo que hay desinformación. Por eso creo que el conocimiento debe ser público, que debemos compartirlo.
(En fotos: Miugel Álvarez en caballito, sin fecha, aproximadamente a los dos años de edad. En la otra, junto a su amiga Sarita Montiel).
Breve perfil:
Miguel Alfredo Álvarez Arévalo (Guatemala, 21 de abril de 1952).
Cronista de la Ciudad de Guatemala, nombrado por el honorable Consejo Municipal de la Ciudad de Guatemala en 1992.
Hijo de José Miguel Álvarez Villatoro y Marta Josefina Arévalo Lemus.
Licenciado en Historia por la Universidad de San Carlos de Guatemala.
Museógrafo por la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía, México, D. F.
Es director del Museo Nacional de Historia.
La sala principal del Museo del Ferrocarril lleva su nombre desde 2006.
Catedrático universitario y autor de 26 libros sobre Historia. Un clásico suyo es el libro Iconografía Aplicada a la Escultura Colonial de Guatemala, 1990
Tiene producciones de televisión y discos compactos sobre historia.
Ha impartido conferencias en México, Estados Unidos, España, Cuba, Santo Domingo, Chile y Canadá.
martes, 14 de diciembre de 2010
“Nací para tragarme la vida”/ Entrevista a Héctor Gaitán



Un hombre de hierro, un tipo curioso y memorable, ese es el historiador Héctor Gaitán.
Por Juan Carlos Lemus
A sus 70 años, ya padeció los golpes que, según dicen, son los más graves que puede sufrir un ser humano: la muerte de la madre, el padre, la esposa y de un hijo. Su ameno puño literario goza de buena fama. Evidencia de ello son sus siete tomos de La calle donde tú vives y sus otros 16 libros relativos a las memorias del siglo XX de Guatemala, incluidas historias de fusilamientos, presidentes y otros temas igual de tenebrosos, todos escritos con gran sabor local.
Sus conocimientos sobre historias de espantos harían suponer que Gaitán es un abuelo con pantuflas y gorrito, que se sienta con sus nietos al calor de una hoguera y les relata historias de la Siguanaba. Su aspecto bonachón y sus 250 libras así lo reafirmarían, pero bajo su blandura hay un hombre de hierro. Adentro tiene una estructura emocional hecha de varillas de acero. Gaitán es el tipo de optimista con los pies bien puestos sobre la tierra. Posee extraordinaria bondad, pues la vida se ha encargado de moldearlo, durante 70 años, a fuerza de golpes, cárcel, decepciones políticas y sus propias fobias al imperialismo yanqui. Así es, no hablamos de un gordito inofensivo, sino de un intelectual templado, que tuvo una juventud aguerrida, que se formó académicamente en Guatemala, México y Estados Unidos, y que posee la memoria social y antropológica del país del siglo XX. Un académico muy serio, pero eso sí, de gran simpatía. A quien quiera informarse de Guatemala y sus personajes, le recomendamos que lea sus siete tomos de La calle donde tú vives (Artemis Edinter).
Jamás disparó armas, pero se involucró en una célula guerrillera urbana que repartía propaganda subversiva. A principios de la década de 1970 fue capturado en una balacera, y fue puesto preso. Salió al exilio en México, país en el que sobrevivió 10 años vendiendo libros y platería.
Conversamos para esta entrevista una tarde del recién pasado noviembre, en el parque central del Centro Histórico, en medio de un viento helado y toldos de la feria del libro que se caían detrás de nosotros. Nos reímos de las paradojas de su vida; la primera de ellas, que aquel antiimperialista estudió periodismo en Estados Unidos. La segunda, la más significativa, que actualmente puede ver gracias a que le fue implantada la córnea de un gringo muerto —iba a quedar ciego, pero en el Comité de Pro Ciegos y Sordos hicieron un buen trabajo—.
Este es el autor de libros y audiolibros de espantos y aparecidos, un hombre curioso y memorable que nació a manos de una comadrona, —después de que su madre perdiera cinco hijos— en su casa ubicada en el primer callejón urbano que hubo en la ciudad, allá por el estadio, en 1939. Al igual que Pedro Calderón de la Barca, cree que la vida es un sueño.
¿Cómo conoció y se despidió de su esposa?
La conocí en el atrio de la Recolección. Nos casamos siendo muy patojos, yo tenía 20 y Esperancita 17 ó 18. Murió a los 70 años de edad, en el 2004. Ese fue un período muy duro de mi vida, una tragedia, porque mi hijo Héctor contrajo una enfermedad viral por comer cosas en la calle. Hepatitis. Empezó mal, como en octubre del 2003, y nunca me imaginé que iba a tener un desenlace fatal. Tenía 38 años, se iba a graduar de licenciado en Historia. Dejó tres niños y a su esposa. Murió el 24 de diciembre del 2003. Mi esposa estaba muy enferma, la estuve llevando a México para curarla; era un ir y venir, pero allá ya la habían desahusiado, y fue muy valiente, pero llegó el momento y el 15 de febrero, a un mes y días de que murió mi hijo, también murió. Tenía osteoporosis crónica.
La Navidad no es alegre para usted.
Me afecta, pero me hago el pendejo, porque tengo un nieto que vive conmigo. Me hago el fuerte porque no le voy a destruir la vida al niño con tristezas.
Estuvo involucrado en un movimiento revolucionario, ¿qué piensa, hoy, de la izquierda?
Para mí, la izquierda es una utopía. Nosotros luchamos por convicciones, con el corazón, con todo lo mejor que se pudo haber tenido para Guatemala, pero se dieron cosas que, si yo las digo en este momento, puedo ofender a personas que aprecio y que cometieron errores. Por eso ya no me fui de México a Cuba, y me salí del movimiento. Sigo pensando, eso sí, que Guatemala necesita un cambio radical, pero pacífico; necesita más diálogo con todos, con los pobres; no sé si eso es utópico, pero creo que un día todo será mejor.
¿Cómo salió al exilio?
Era la época de Ydígoras Fuentes. Empezaron a catear la casa, se llevaron presos a mi papá y a mi hermano. No me lograron agarrar; solo una vez, en una balacera; fue por el Conservatorio Nacional de Música. Pero sucedió que mi padre era muy amigo del jefe de la judicial —imagínese usted—, don José Bernabé Linares. Mi papá, desesperado, fue a hablarle y le pidió: “Bernabé, ayudame, es mi hijo”. No me trataron mal, porque él me conocía. Solo recuerdo que se me acercó don Bernabé, me pegó duro en el brazo y me dijo: “Vas a matar a Luis”. A las cuatro horas iba yo en avión para México.
¿Cómo fue el exilio?
Como decía Miguel Ángel Asturias, el exilio es un camino triste y frío. Pero yo tenía una tía en México que había salido al exilio en tiempos de Estrada Cabrera, entonces, yo tenía casa. Pero mi rebeldía, esa forma de ser de uno de patojo, que se cree muy cabrón para todo, me hizo alejarme de ella y de su casa. Era 1958. Traté de ser independiente. Afortunadamente, no caí en malos pasos.
¿Vivió la psicodelia de aquellos años, en México?
Era la década de 1960, la música de los Beatles, la época de Elvis Presley, y éramos jóvenes. En ese tiempo, las drogas eran el pan diario de cada día. Aquí, en Guatemala, era algo tranquilo, pero en México era cosa seria. Bendito Dios, jamás le hice a las drogas. Sí fumaba, tomaba cervezas. La psicodelia iba unida a los alucinógenos, pero nunca los probé. Sí vestí a la moda, aunque nunca usé pelo largo porque trabajaba con unos españoles vendiendo libros y platería, así que no podía andar en fachas. Luego fue la época de la persecución a muerte, en México, de los roqueros. Era prohibido vestir a la moda, a los jóvenes los sacaban de los cafés, fue algo muy serio. A nosotros —los exiliados— nos tenían bien controlados, por cualquier cosa nos podía citar Gobernación.
Héctor Gaitán, en la feria del libro, Plaza de la Constitución, 2010.
¿Cómo fue su retorno?
Fueron 10 años en el exilio. Me vine porque mi padre me mintió, me dijo que mi madre estaba muy grave. Él quería tenerme cerca. Gracias a que había sacado unos cursos de locución y periodismo en la academia Novo, en Monterrey, gané un concurso de locutores para la televisión. El examinador era don Mario Ferreti. Pasaron los años y vino la venta del noticiero, lo compró Mario Solórzano Foppa y Ariel Deleon, periodista que también estuvo exiliado. Me gané una beca para estudiar periodismo en Estados Unidos.
Una paradoja, ¿no cree? Llegó al país imperialista.
(Ríe) Sí. Estudié, en 1979, en Nueva Orleans y en Dallas. Y a mí no se me quitaba lo de izquierda. Una vez, un instructor pidió que cada periodista expusiera la situación política de su país. Para qué me preguntaron, casi me sacan. Les dije que el imperialismo manejaba las riendas de América Latina, que había puesto y quitado presidentes como le daba la gana, que nosotros, los latinos, éramos un patio trasero de Estados Unidos. “Se te fue la mano”, me dijo el profesor, un peruano. “Usted preguntó y yo respondí con la verdad”, le contesté.
En su profesión ha sido muy afortunado, me parece.
Sí, soy afortunado, aunque creo que he vivido a la carrera. Siento que todo acaba de suceder. Nací para tragarme la vida; siempre sentí que se me iba y quería atraparla; hoy, la llevo más despacio.
¿A qué se refiere con vivir a la carrera?
Creo que desde patojo vivía con el temor de que me iba a morir, hasta ahora, a los 70 años, estoy aterrizando. Me iba a quedar ciego, tenía unos lentotes que no aguantaba sostenerlos en la nariz, tenía una catarata muy severa en un ojo, y en el otro, un problema en la córnea. Me operaron en Pro Ciegos y Sordos, me implantaron la córnea de un gringo muerto. Bendito Dios, miro.
¿Qué tan duro fue pensar que quedaría ciego?
Cuando estaba perdiendo la vista, estaba escribiendo un libro sobre la vida del Hermano Pedro. Ya no veía las letras, leía con lupa. Era el año 2002. Le pedí mucho al Hermano Pedro —es cuestión de fe—, y cuando me operaron los ojos y me quitaron la venda, la doctora Mac Donald me hacía señas con los dedos y yo no veía nada. Pensé que estaba ciego. Ella dijo, “Tranquilo, pueden llevárselo. Que le cierren bien los vidrios del carro y cuando vayan por Majadas, quítese la venda y va a ver”. ¡Y así fue! Cuando por Majadas me quitaron la venda, pude ver. Desde entonces miro los pájaros, los árboles, el cielo azul, la Catedral, esa belleza. En las mañanas, en el patio de la casa, echamos alpiste para los pájaros y lo disfruto plenamente. Ahora disfruto cada paisaje, cada luz, la risa de un niño, aprovecho mi tiempo para observar cosas, y así lo haré hasta que Dios me lo permita.
Una nueva paradoja, don Héctor, tiene una córnea imperialista.
(Ríe) Sí, quién lo iba a pensar. Ahora, veo la vida de distinta manera, señor Lemus. Trato de no hacerle mal a nadie, ni siquiera con el pensamiento. Soy humano y he visto palpablemente aspectos profundos de Dios. Por ejemplo, yo no gozo de prestaciones laborales, hago mi trabajo y me pagan. Eso es todo, y es algo que agradezco profundamente, pero, a veces, me veo en trapos de cucaracha, porque uno no tiene Bono 14 o aguinaldo —por cierto, el IGSS me lo paga mi editor, Jesús Chico, director de Artemis Edinter, lo cual le agradezco, si no, ya me hubiera ido de este mundo—. Pues, decía eso porque cuando con mi familia nos hemos visto sin plata, nos reunimos y decimos, qué hacemos, no hay dinero, y de repente, una llamada: “Héctor, ¿tiene discos? Quiero dos colecciones, vengo de Canadá…” Es entonces cuando veo la mano de Dios.
¿Qué piensa de la muerte y la eternidad?
Pienso que es el misterio más grande de la humanidad. Ya le conté mi cuadro clínico, el corazón lo tengo jodido. Si me da un infarto, no sé a dónde me voy a ir. Pienso que el tiempo no existe, que esto que vivimos, esto que platicamos, todo es como una película, un sueño que estamos viviendo, y cuando me despierte, no sé donde voy a estar. Uno pasa por el tiempo sin sentirlo, y cuando viene la muerte, después de ese proceso que nadie sabe qué es ni a dónde va, los segundos pueden ser centurias, quién sabe, eso dicen los grandes pensadores.
Menciona a Dios, pero no sabe qué pasará después.
(Ríe) Mire qué contradicciones: soy católico, estudié en la Casa Central, pero de allí me corrieron por mal portado.
Finalmente, algunos querrían leer cómo surgió su inclinación por la historia.
Nací en un barrio obrero. Mi padre era un empleado postal que dejó allí su vida. En nuestra casa vivía mi tío, el tío Carlos, quien nos llevaba al cementerio, y cuando lo hacía, era una clase de historia. Decía: “Miren, aquí está enterrado Jorge Ubico, o Lázaro Chacón, él tomó el poder en tal fecha, de tal y tal manera”. Nos hablaba de personalidades como Pepe Milla, quien está enterrado en el cementerio General. Esa es la parte que me invitó a mí a empezar a escribir. Además, yo oía los cuentos con los obreros del barrio, de ferrocarrileros, de cargadores, ellos habitaban en palomares. Nosotros teníamos casita, pero uno de patojo se va a meter a todas partes, así empezó mi afición por escuchar sobre las leyendas de Guatemala. Tendría yo, más o menos, seis años.
El historiador
Héctor Gaitán (Guatemala, 1939)
Es autor de 23 libros, editados por Artemis Edinter, entre ellos:
Siete tomos de La calle donde tú vives.
Dos tomos de Memorias del siglo XX de Guatemala.
El Centro Histórico. Libro polémico sobre lo que han hecho con el centro histórico, al convertir casas antañonas en parqueos.
Los fusilamientos en Guatemala.
Los presidentes de Guatemala.
Recetario curioso de Maximón.
Correo: lacalledondetuvives@yahoo.com
lunes, 12 de julio de 2010
“La Historia puede crear ideología”
El doctor Enrique Gordillo Castillo explica la importancia que tiene la Historia para el fortalecimiento de la identidad nacional.
Juan Carlos Lemus
La Historia, como herramienta de estudio, es una espada de incontables filos, muchos de los cuales moldean el desarrollo de una nación, pero otros apuntan hacia su ignorancia. Lo que aprendemos en la escuela no es la verdad completa. Y sería imposible que lo fuera, pues nuestro pasado es tan amplio como complejo, abarca cinco siglos de mestizaje más los años prehispánicos. Además, unos cuantos educadores fueron los que se encargaron de cribar tantos años y de incluir en los libros de texto a los personajes que consideraron ilustres, así como los acontecimientos que, en su momento, pudieron ser muy distintos a lo que nos explica el maestro desde la pizarra.
A pesar de todo, los historiadores se encargan de aproximarnos lo mejor que pueden hacia la verdad histórica, pero dependen de las fuentes que, en muchos casos, han desaparecido en el curso de las décadas o los siglos.
El doctor en historia por la Universidad de Tulane, Nueva Orleáns, el guatemalteco Enrique Gordillo Castillo, es autor de varios libros sobre su especialidad. Sus enfoques y análisis tienen la frialdad necesaria para observar la historia nacional y describirla sin tomar partido ni intercalar sus juicios personales. Su acuciosidad lo ha llevado a contribuir con varios estudios para los más importantes centros de investigación sobre la historia del país.
En esta entrevista, Gordillo Castillo ofrece datos que nos permiten aproximarnos a los orígenes de lo que entendemos por identidad como nación; aborda la mitología criolla, descubre la jerarquía inscrita en nuestra moneda nacional y resalta la importancia de la Historia como instrumento de la ideología.
Es probable que muchos guatemaltecos entendamos por nacionalismo la solidaridad en caso de desastres, o la alegría compartida en un partido de futbol, pero, en realidad, ¿qué debemos entender?
El nacionalismo es sinónimo de identidad nacional, es la base ideológica de los Estados nacionales surgidos en contraposición con los Estados monárquicos en el siglo XIX. Se basa en la convicción de que personas que nunca se han visto y que probablemente nunca se verán comparten un territorio, un idioma, una cultura y unos ancestros. En sociedades multiétnicas, obviamente el grupo que ejerce el poder impone sus valores y también esos aspectos. Históricamente, las guerras también contribuyeron a crear identidades nacionales, porque obligaron a enfrentarse violentamente contra “los otros”. Modernamente, las competencias deportivas —como expresiones de guerras domesticadas— recrean esas identidades.
¿Cree que el Estado ha reproducido una identidad nacional?
Puedo responder a esa pregunta con una comparación que he usado en mis clases sobre cómo el Estado ha promovido oficialmente jerarquías étnicas. Los billetes tienen una jerarquía económica que va de Q100, Q50, Q20, Q10 y Q5 hasta Q0.50; eso se reproduce idénticamente en el esquema estatal que recrea el patriotismo criollo colonial.
Los billetes de a Q100 tienen la imagen de Francisco Marroquín, español y religioso; los de Q50, la de Carlos O. Zachrisson, un empresario de origen extranjero; los de Q20 tienen la imagen del criollo español Mariano Gálvez; los de Q10, la de Miguel García Granados, un español nacionalizado y terrateniente; los de Q5, la de Justo Rufino Barrios, un ladino de occidente, militar y cafetalero; los de Q1, la de José María Orellana, un ladino de oriente y militar, y finalmente, los billetes de 50 centavos tenían la efigie de Tecún Umán, el héroe nacional, indígena y militar. En resumen, el sitio más alto en la jerarquía corresponde al español religioso, y el de cincuenta centavos, al indígena.
Apoyado en sus estudios, ¿qué mentiras conocemos que nos haya enseñado la historia oficial? Por ejemplo, ¿es cierto que para la Independencia hubo cohetes y marimba?
Bueno, según algunos testigos, sí hubo cohetes y marimba, con el objetivo de presionar a los notables para que decidieran a favor de la Independencia y la anexión a México. Sin embargo, otros afirman que no hubo mayor algarabía, porque ese día cayó un tremendo aguacero y todo mundo se fue a su casa. La tergiversación se encuentra más bien en difundir la versión de que se trató de una acción pacífica lograda por consenso, cuando, en realidad, hubo conflictos muy serios que condujeron a las guerras de la federación y al desmembramiento del Reino de Guatemala en cinco pequeños países. Guatemala envió un ejército a someter a los salvadoreños que se opusieron a la anexión.
¿Puede la historia ser un hecho liberador?
Claro, y yo creo que estamos en el mejor momento para revalorar la historia académica, porque el paradigma de la homogeneización del Estado nacional fracasó. En la actualidad, no solo se reconoce, sino que se valora la diversidad étnica y cultural. Ya no es necesario tergiversar los hechos del pasado para crear falsas imágenes de una sociedad homogénea. Siempre hemos sido una sociedad diversa, con muchos problemas históricos —que no se crearon en un día—, y efectivamente, la Historia busca entender por qué las cosas son como son. El objetivo es ese, entender por qué somos como somos.
¿Cuál es la diferencia entre la Historia oficial y la académica?
La Historia oficial es la que se construye y se difunde desde el poder. En consecuencia, todas las historias patrias, historias nacionales o historias de bronce que se han difundido por el sistema educativo nacional (y digo “nacional”, entre comillas) se pueden considerar oficiales. En su mayor parte cumplen con el objetivo de promover el ideal nacional. En consecuencia, no son necesariamente académicas, porque el objetivo es ideológico. La historia académica, por otra parte, tiene la pretensión de acercarse a la verdad. Aunque siempre hay debates y diferentes puntos de vista, estos están sustentados con evidencia empírica.
¿Está de acuerdo en que la historia es un arma ideológica poderosa?
Por supuesto. La Historia es el arma ideológica más poderosa, porque puede crear ideología. Los sucesos del 11 de septiembre en los Estados Unidos mostraron lo que los seres humanos somos capaces de hacer por un ideal nacional. Ese día, un grupo de personas fueron capaces de inmolarse e inmolar a otras que no conocían, siguiendo determinados ideales. Para unos son terroristas, y para los otros son héroes.
Las historia oficial es tendenciosa, porque inyecta ideología. ¿Cuál es la nuestra, si tomamos en cuenta que la heredamos de pedagogos muchas veces ubiquistas?
Lamentablemente, el ideal nacional que se difundió en Guatemala no consideraba a la población indígena viva como “un elemento de progreso”, en palabras de José Antonio Villacorta, quien fue ministro de Educación de Ubico. A finales de los años 30, el mismo Villacorta empezó a plantear el ideal de nación basado en el mestizaje, probablemente por la influencia mexicana. Planteó una nueva versión de la historia de Guatemala, que recuperaba la historia indígena durante el período colonial como uno de los componentes positivos del mestizaje. No obstante que se promovió como proyecto oficial, como puede verse en los murales del Palacio Nacional, el mestizaje no fue aceptado como el ideal nacional —que siguió siendo el del ladino, entendido como todo aquel que no era indígena—. En consecuencia, todas las historias patrias se basan en mitos que tergiversan los hechos con el objetivo de promover la homogeneidad.
¿Podría citar ejemplos de tales mitos?
Entre los clásicos, podría extenderme en el que mencioné, de la Independencia y la anexión a México. El mito dice que “fue un proceso pacífico, espontáneo, que se logró por consenso unánime, sin derramamiento de sangre, de los grandes hombres de la época, los próceres”. En realidad, el movimiento se hizo siguiendo el Plan pacífico de Independencia elaborado y promovido por la familia Aycinena, con el apoyo de intelectuales liberales como Pedro Molina, Mariano de Beltranena y José Francisco Barrundia. El objetivo del plan era mantener el status quo político con los privilegios de los comerciantes guatemaltecos. Los autores del plan estaban conscientes de que los añileros de San Salvador y los ganaderos de Nicaragua querían terminar con el monopolio de los comerciantes guatemaltecos. Por esa razón, para realizar el plan, solicitaron apoyo militar a Agustín de Iturbide, ofreciéndole la anexión del Reino de Guatemala a México. Antes que independizarse de España y México, las provincias querían independizarse de Guatemala.
Otro mito es la Reforma Liberal. Se dice que el período que se inició en 1871 generó gran desarrollo, por obra de un gran hombre, “el Reformador” Justo Rufino Barrios. En los billetes de Q5 dice: “El General Justo Rufino Barrios estableció la enseñanza primaria, gratuita, laica y obligatoria”. En realidad, seguimos arrastrando el enorme saldo de analfabetismo. A propósito, en el actual gobierno se promueve como el logro más grande la gratuidad de la educación. En realidad, Justo Rufino Barrios delegó en los finqueros la responsabilidad estatal de brindar educación, y estos, obviamente, no cumplieron con establecer escuelas en las fincas. En cuanto al desarrollo del país, efectivamente se dio un crecimiento económico de ciertos grupos, pero a costa del trabajo forzado y la expropiación de tierras de los indígenas.
¿No es así que la Academia de Geografía e Historia de Guatemala ofrece la versión criolla de la historia de Guatemala?
En realidad, me parece que fueron los intelectuales guatemaltecos de los primeros cincuenta años del siglo XX, varios de ellos vinculados a la Sociedad de Geografía e Historia, quienes recrearon como identidad nacional guatemalteca una variante del patriotismo criollo colonial. El más influyente fue Villacorta, pero también hay que recordar que los nombres de las universidades, tanto la nacional como las privadas, también recrean el patriotismo criollo, me refiero a las universidades de San Carlos, Francisco Marroquín, Rafael Landívar, Del Valle y Mariano Gálvez.
Finalmente, ¿trajo algún beneficio el establecimiento de la ciudadanía universal en la Constitución de 1824?
Efectivamente, la ciudadanía fue instaurada desde 1824; sin embargo, a partir de 1829 empezó a limitarse con criterios económicos. Eran ciudadanos únicamente aquellos hombres que tuvieran rentas o bienes suficientes para ejercerla, decía: “con responsabilidad”. En 1838 se agregó el criterio de exclusión étnica; en 1871 se excluyó a los analfabetas; en 1945 se incluyó por primera vez a las mujeres, pero en 1965 se excluyó a los comunistas. Total, podemos hablar de ciudadanía universal hasta la Constitución de 1985.
Perfil
Enrique Gordillo Castillo, guatemalteco, es máster y doctor en historia, por la Universidad de Tulane, Nueva Orleans, Estados Unidos.
Licenciado en Historia por la Universidad de San Carlos de Guatemala.
Ha formado parte del Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica (Cirma), de la Asociación de Investigación y Estudios Sociales (Asíes), del Centro de Estudios Urbanos y Regionales (Ceur).
Actualmente, es jefe del Departamento de Investigación de la División de Desarrollo Académico de la Dirección General de Docencia, en la Universidad de San Carlos.
Es docente de programas de posgrado en Flacso, la Usac y la Upana.
Es autor de varios libros, entre ellos:
Guía general de estilo para la presentación de trabajos académicos (2002).
Hacia la formación De “Alma Nacional”: José Antonio Villacorta Calderón y la Historia de Guatemala (1915-1962).
Severo Martínez Peláez y la Ciencia Revolucionaria Guatemalteca (2000).
Juan Carlos Lemus
La Historia, como herramienta de estudio, es una espada de incontables filos, muchos de los cuales moldean el desarrollo de una nación, pero otros apuntan hacia su ignorancia. Lo que aprendemos en la escuela no es la verdad completa. Y sería imposible que lo fuera, pues nuestro pasado es tan amplio como complejo, abarca cinco siglos de mestizaje más los años prehispánicos. Además, unos cuantos educadores fueron los que se encargaron de cribar tantos años y de incluir en los libros de texto a los personajes que consideraron ilustres, así como los acontecimientos que, en su momento, pudieron ser muy distintos a lo que nos explica el maestro desde la pizarra.
A pesar de todo, los historiadores se encargan de aproximarnos lo mejor que pueden hacia la verdad histórica, pero dependen de las fuentes que, en muchos casos, han desaparecido en el curso de las décadas o los siglos.
El doctor en historia por la Universidad de Tulane, Nueva Orleáns, el guatemalteco Enrique Gordillo Castillo, es autor de varios libros sobre su especialidad. Sus enfoques y análisis tienen la frialdad necesaria para observar la historia nacional y describirla sin tomar partido ni intercalar sus juicios personales. Su acuciosidad lo ha llevado a contribuir con varios estudios para los más importantes centros de investigación sobre la historia del país.
En esta entrevista, Gordillo Castillo ofrece datos que nos permiten aproximarnos a los orígenes de lo que entendemos por identidad como nación; aborda la mitología criolla, descubre la jerarquía inscrita en nuestra moneda nacional y resalta la importancia de la Historia como instrumento de la ideología.
Es probable que muchos guatemaltecos entendamos por nacionalismo la solidaridad en caso de desastres, o la alegría compartida en un partido de futbol, pero, en realidad, ¿qué debemos entender?
El nacionalismo es sinónimo de identidad nacional, es la base ideológica de los Estados nacionales surgidos en contraposición con los Estados monárquicos en el siglo XIX. Se basa en la convicción de que personas que nunca se han visto y que probablemente nunca se verán comparten un territorio, un idioma, una cultura y unos ancestros. En sociedades multiétnicas, obviamente el grupo que ejerce el poder impone sus valores y también esos aspectos. Históricamente, las guerras también contribuyeron a crear identidades nacionales, porque obligaron a enfrentarse violentamente contra “los otros”. Modernamente, las competencias deportivas —como expresiones de guerras domesticadas— recrean esas identidades.
¿Cree que el Estado ha reproducido una identidad nacional?
Puedo responder a esa pregunta con una comparación que he usado en mis clases sobre cómo el Estado ha promovido oficialmente jerarquías étnicas. Los billetes tienen una jerarquía económica que va de Q100, Q50, Q20, Q10 y Q5 hasta Q0.50; eso se reproduce idénticamente en el esquema estatal que recrea el patriotismo criollo colonial.
Los billetes de a Q100 tienen la imagen de Francisco Marroquín, español y religioso; los de Q50, la de Carlos O. Zachrisson, un empresario de origen extranjero; los de Q20 tienen la imagen del criollo español Mariano Gálvez; los de Q10, la de Miguel García Granados, un español nacionalizado y terrateniente; los de Q5, la de Justo Rufino Barrios, un ladino de occidente, militar y cafetalero; los de Q1, la de José María Orellana, un ladino de oriente y militar, y finalmente, los billetes de 50 centavos tenían la efigie de Tecún Umán, el héroe nacional, indígena y militar. En resumen, el sitio más alto en la jerarquía corresponde al español religioso, y el de cincuenta centavos, al indígena.
Apoyado en sus estudios, ¿qué mentiras conocemos que nos haya enseñado la historia oficial? Por ejemplo, ¿es cierto que para la Independencia hubo cohetes y marimba?
Bueno, según algunos testigos, sí hubo cohetes y marimba, con el objetivo de presionar a los notables para que decidieran a favor de la Independencia y la anexión a México. Sin embargo, otros afirman que no hubo mayor algarabía, porque ese día cayó un tremendo aguacero y todo mundo se fue a su casa. La tergiversación se encuentra más bien en difundir la versión de que se trató de una acción pacífica lograda por consenso, cuando, en realidad, hubo conflictos muy serios que condujeron a las guerras de la federación y al desmembramiento del Reino de Guatemala en cinco pequeños países. Guatemala envió un ejército a someter a los salvadoreños que se opusieron a la anexión.
¿Puede la historia ser un hecho liberador?
Claro, y yo creo que estamos en el mejor momento para revalorar la historia académica, porque el paradigma de la homogeneización del Estado nacional fracasó. En la actualidad, no solo se reconoce, sino que se valora la diversidad étnica y cultural. Ya no es necesario tergiversar los hechos del pasado para crear falsas imágenes de una sociedad homogénea. Siempre hemos sido una sociedad diversa, con muchos problemas históricos —que no se crearon en un día—, y efectivamente, la Historia busca entender por qué las cosas son como son. El objetivo es ese, entender por qué somos como somos.
¿Cuál es la diferencia entre la Historia oficial y la académica?
La Historia oficial es la que se construye y se difunde desde el poder. En consecuencia, todas las historias patrias, historias nacionales o historias de bronce que se han difundido por el sistema educativo nacional (y digo “nacional”, entre comillas) se pueden considerar oficiales. En su mayor parte cumplen con el objetivo de promover el ideal nacional. En consecuencia, no son necesariamente académicas, porque el objetivo es ideológico. La historia académica, por otra parte, tiene la pretensión de acercarse a la verdad. Aunque siempre hay debates y diferentes puntos de vista, estos están sustentados con evidencia empírica.
¿Está de acuerdo en que la historia es un arma ideológica poderosa?
Por supuesto. La Historia es el arma ideológica más poderosa, porque puede crear ideología. Los sucesos del 11 de septiembre en los Estados Unidos mostraron lo que los seres humanos somos capaces de hacer por un ideal nacional. Ese día, un grupo de personas fueron capaces de inmolarse e inmolar a otras que no conocían, siguiendo determinados ideales. Para unos son terroristas, y para los otros son héroes.
Las historia oficial es tendenciosa, porque inyecta ideología. ¿Cuál es la nuestra, si tomamos en cuenta que la heredamos de pedagogos muchas veces ubiquistas?
Lamentablemente, el ideal nacional que se difundió en Guatemala no consideraba a la población indígena viva como “un elemento de progreso”, en palabras de José Antonio Villacorta, quien fue ministro de Educación de Ubico. A finales de los años 30, el mismo Villacorta empezó a plantear el ideal de nación basado en el mestizaje, probablemente por la influencia mexicana. Planteó una nueva versión de la historia de Guatemala, que recuperaba la historia indígena durante el período colonial como uno de los componentes positivos del mestizaje. No obstante que se promovió como proyecto oficial, como puede verse en los murales del Palacio Nacional, el mestizaje no fue aceptado como el ideal nacional —que siguió siendo el del ladino, entendido como todo aquel que no era indígena—. En consecuencia, todas las historias patrias se basan en mitos que tergiversan los hechos con el objetivo de promover la homogeneidad.
¿Podría citar ejemplos de tales mitos?
Entre los clásicos, podría extenderme en el que mencioné, de la Independencia y la anexión a México. El mito dice que “fue un proceso pacífico, espontáneo, que se logró por consenso unánime, sin derramamiento de sangre, de los grandes hombres de la época, los próceres”. En realidad, el movimiento se hizo siguiendo el Plan pacífico de Independencia elaborado y promovido por la familia Aycinena, con el apoyo de intelectuales liberales como Pedro Molina, Mariano de Beltranena y José Francisco Barrundia. El objetivo del plan era mantener el status quo político con los privilegios de los comerciantes guatemaltecos. Los autores del plan estaban conscientes de que los añileros de San Salvador y los ganaderos de Nicaragua querían terminar con el monopolio de los comerciantes guatemaltecos. Por esa razón, para realizar el plan, solicitaron apoyo militar a Agustín de Iturbide, ofreciéndole la anexión del Reino de Guatemala a México. Antes que independizarse de España y México, las provincias querían independizarse de Guatemala.
Otro mito es la Reforma Liberal. Se dice que el período que se inició en 1871 generó gran desarrollo, por obra de un gran hombre, “el Reformador” Justo Rufino Barrios. En los billetes de Q5 dice: “El General Justo Rufino Barrios estableció la enseñanza primaria, gratuita, laica y obligatoria”. En realidad, seguimos arrastrando el enorme saldo de analfabetismo. A propósito, en el actual gobierno se promueve como el logro más grande la gratuidad de la educación. En realidad, Justo Rufino Barrios delegó en los finqueros la responsabilidad estatal de brindar educación, y estos, obviamente, no cumplieron con establecer escuelas en las fincas. En cuanto al desarrollo del país, efectivamente se dio un crecimiento económico de ciertos grupos, pero a costa del trabajo forzado y la expropiación de tierras de los indígenas.
¿No es así que la Academia de Geografía e Historia de Guatemala ofrece la versión criolla de la historia de Guatemala?
En realidad, me parece que fueron los intelectuales guatemaltecos de los primeros cincuenta años del siglo XX, varios de ellos vinculados a la Sociedad de Geografía e Historia, quienes recrearon como identidad nacional guatemalteca una variante del patriotismo criollo colonial. El más influyente fue Villacorta, pero también hay que recordar que los nombres de las universidades, tanto la nacional como las privadas, también recrean el patriotismo criollo, me refiero a las universidades de San Carlos, Francisco Marroquín, Rafael Landívar, Del Valle y Mariano Gálvez.
Finalmente, ¿trajo algún beneficio el establecimiento de la ciudadanía universal en la Constitución de 1824?
Efectivamente, la ciudadanía fue instaurada desde 1824; sin embargo, a partir de 1829 empezó a limitarse con criterios económicos. Eran ciudadanos únicamente aquellos hombres que tuvieran rentas o bienes suficientes para ejercerla, decía: “con responsabilidad”. En 1838 se agregó el criterio de exclusión étnica; en 1871 se excluyó a los analfabetas; en 1945 se incluyó por primera vez a las mujeres, pero en 1965 se excluyó a los comunistas. Total, podemos hablar de ciudadanía universal hasta la Constitución de 1985.
Perfil
Enrique Gordillo Castillo, guatemalteco, es máster y doctor en historia, por la Universidad de Tulane, Nueva Orleans, Estados Unidos.
Licenciado en Historia por la Universidad de San Carlos de Guatemala.
Ha formado parte del Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica (Cirma), de la Asociación de Investigación y Estudios Sociales (Asíes), del Centro de Estudios Urbanos y Regionales (Ceur).
Actualmente, es jefe del Departamento de Investigación de la División de Desarrollo Académico de la Dirección General de Docencia, en la Universidad de San Carlos.
Es docente de programas de posgrado en Flacso, la Usac y la Upana.
Es autor de varios libros, entre ellos:
Guía general de estilo para la presentación de trabajos académicos (2002).
Hacia la formación De “Alma Nacional”: José Antonio Villacorta Calderón y la Historia de Guatemala (1915-1962).
Severo Martínez Peláez y la Ciencia Revolucionaria Guatemalteca (2000).
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