lunes, 23 de mayo de 2011

El patriarca de los paisajistas




El maestro José Luis Álvarez, autor de la pintura El corte de café en los billetes de Q50, está próximo a cumplir 94 años.


Por Juan Carlos Lemus

Una mujer recoge unas cápsulas de medicina que alguien botó en las afueras del castillo de Matamoros. Es basura inocua. Por eso las guarda para obsequiárselas a su hijo Luis, de 2 años, quien viste pantalones cortos y la observa desde la puerta de su casa. Hoy, más de 90 años después, el pintor Luis Álvarez recuerda perfectamente ese detalle. Eran muy pobres y aquellas cápsulas le servían a él para jugar a los soldaditos. Cuando tenía 9, un engranaje le arrancó los dedos índice y pulgar de la mano izquierda. A partir de entonces tuvo que soportar las ofensas de los demás niños, especialmente en la escuela.
Mas la vida —algunas veces— recompensa. De haber tenido la mano entera —dice a sus 93—, habría tenido que aprender un oficio, tal como quería su madre. O quizás habría optado por ser músico, como alguna vez pensó.
Nació el 3 de junio de 1917. En casi un siglo ha sobrevivido a 34 presidentes de la República y a siete juntas provisionales de gobierno. Es un hombre vigoroso. Está sentado al centro de su estudio, en su casa de Antigua Guatemala, como si fuera un personaje hundido en una atmósfera creada por Delacroix. Don Luis recibe un claroscuro de la ventana del segundo piso. Es el eje de un sitio poblado de pomos de pintura, escritorio, botes repletos de pinceles, lienzos inconclusos y paletas, y sobre su caballete trabaja un retrato al óleo de su hijo Mario.
Tiene todo el aspecto de un hombre honrado y justo. Solo una persona con tales virtudes puede llegar así de sonriente a esa edad. Es paisajista. El gran paisajista de Antigua Guatemala. Tiene ganado ese prestigio entre los historiadores de arte, las galerías y los pintores, sean estos consagrados, en ascenso o de primer hervor. Ni pobre ni rico, vive dignamente y tiene un gran corazón. Eso sí, nunca supo cobrar. Encima de eso, siempre le regatearon, especialmente cuando hizo restauración. Ahora ya nada de eso le importa. Es un hombre feliz. Lo dice y se le nota. Antes de entrevistarlo, Teresa, una de sus hijas, nos advierte que a su padre le gusta responder ampliamente y que goza de excelente memoria, pero que es necesario hablarle muy fuerte sobre el oído. Mi primera pregunta es la más obvia, pero la justa para iniciar esta grata conversación con un gran hombre, con un gran pintor.

¿De dónde viene don Luis Álvarez?

Soy nieto de una mujer de oriente. Mi abuelita era campesina, y mi mamá, Teresa Álvarez Arriola, era obrera. Fue madre soltera porque mi papá, un español de nombre Manuel, nunca me reconoció. Él se fue para el terremoto (de 1917). Nací en el barrio Matamoros. De mis recuerdos más antiguos está el centenario de la Independencia, que se celebró donde era Tívoli, hoy en la 7a. avenida. Aquello era un terreno pantanoso. Por ahí estaba la fuente de Neptuno, adonde íbamos a traer agua. Desgraciadamente botaron esa fuente; pudieron haberla conservado. Mi juventud fue alegre, a pesar de la pobreza en que vivíamos. Tenía 9 años cuando perdí dos dedos de la mano, por travieso y desobediente.

¿Cómo fue el accidente?

Mi abuela me dijo que no fuera al pozo. No le hice caso. Allí había un engranaje de la bomba de agua; acerqué los dedos y me los jaló. Desde entonces me molestaban los demás niños; me apodaban Maneto. Lo bueno fue que tuve amigos que me protegían, especialmente recuerdo a Carlos Aifán, un compañero que me defendía porque yo era pequeño y mero tonto. Después del accidente fui al asilo Santa María. Llegué hasta cuarto grado de primaria, pero aprendí mucho porque me fijaba en lo que enseñaban a los de sexto. Había una monja que me quería, sor Ana María. En realidad, tuve una gran suerte, todos los maestros me querían mucho. Era muy preguntón. No he estudiado gran cosa; me he formado leyendo y preguntando. Por eso sé un poquito de historia y porque la memoria nunca me ha fallado. Además, déjeme decirle algo, para mí fue una buena suerte perder los dedos, porque de lo contrario habría aprendido algún oficio, como mi mamá quería, y no habría sido pintor. O habría sido músico, porque me gustaba mucho las música. Tuve la suerte de vivir el tiempo en que había ballet, orquestas sinfónicas, música clásica, valses, tangos, música de Beethoven, Mozart, ah… la Pequeña serenata nocturna de Mozart. Me gustaba Handel y Bach. Ahora, odio la música moderna. Para oír eso mejor estar sordo como estoy (ríe). Regalé mis discos y mi aparato de música, porque ya no oigo. Pero sí que disfruté bastante la música. Ya de adulto me gustaba ir con mi hijo Luis a ver zarzuelas, teatros y operetas.

¿Cómo se interesó por la pintura?

Fue cuando yo tenía 8 años. Me encontré una revista que se llamaba La hacienda. En ella había fotografías con pinturas de Tiziano; también de los holandeses Ruysdael (se refiere a Jacob Izaaksoon y Salomon Van Ruysdael). Cuando vi esos primeros paisajes me dije, “quiero ser paisajista”. A los 13, cuando todavía estaba en el asilo, se me ocurrió pintar el Cerrito del Carmen. Me encaramé en una pared y desde allí lo hice, en un pedazo de seda. Se lo regalé a la madre superiora, y la maestra Carmen Álvarez, quien también me quiso mucho, me ordenó que hiciera un telón de fondo para un escenario de la escuela, ese fue el primer trabajo que hice, copiando unas palmeras.
Le dije a mi mamá que quería ser pintor. Entonces le habló a un amigo que trabajaba en un taller de pintura comercial. Pero solo me ponían a lavar brochas. Un día de esos pasé por la Academia de Bellas Artes. Había una exposición de la Tona (Antonia) Matos, quien acababa de venir de Francia. Le pregunté al guardia si allí se podía estudiar pintura y me dijo que sí, y que era gratis. Me inscribí. De día trabajaba y de noche estudiaba. Aprendí a hacer anuncios comerciales. Pinté anuncios de sombreros Stetson, de calzonetas Jentsen, de los cigarrillos de la Tabacalera Nacional. También, dibujos de cigarrillos Cibeles, que eran de unos españoles que tenían una vinatería.

A partir de entonces conoció a varios pintores del siglo XX.

Sí. El director era don Humberto Garavito. El primer maestro que tuve fue el gran artista Enrique Acuña, que tenía un taller de pinturas de imágenes. Era un profesor muy bueno. Me tomó mucho cariño y me recomendó con Garavito para que me pasaran al segundo año, donde se pintaba figura humana. Así me mantuve durante años: de noche, estudiando en la escuela, y de día, en los talleres donde aprendí a hacer los anuncios. Por cierto, no se ganaba bien. A pesar de que Ubico fue un gran estadista, nunca ayudó verdaderamente al pueblo.
Pues en esos inicios en la escuela de Bellas Artes tuve un gran maestro de paisaje, don Antonio Tejeda Fonseca. Fue mi maestro de perspectiva don Óscar González Goyri; además, fue gran amigo mío. Con él salíamos a pintar paisajes. Después de la Revolución de Octubre, don Tono Tejeda me nombró profesor en la Escuela. Por entonces conocí a Dagoberto Vásquez, a Grajeda Mena y a Juan Antonio Franco; todos ellos eran mis contemporáneos.

¿Qué recuerdos tiene de ellos? Comencemos por Grajeda Mena.

Fue un buen muchacho, inteligente, muy buena persona. Trabajó con don Julio Urruela en la fabricación de los vitrales (del Palacio Nacional). También yo trabajé con don Julio en decoración. Fue entonces cuando conocí a Dagoberto, quien también ayudó a don Julio haciendo las figuras que después hicieron vitrales.

¿Y Juan Antonio Franco?

Para serle sincero, no me caía muy bien. Era un poco fanfarrón y decía cosas que no eran; por ejemplo, que era restaurador. Una vez nos pusimos de acuerdo para hacer un trabajo que se nos encargó. Él había ido a Europa y decía que había ido a aprender restauración, pero no sabía nada; fue algo que nunca profesó. Su papá, el sí que era una gran persona.

¿Y la bohemia? ¿Hubo parrandas con estos amigos pintores?

Yo no las tuve. Dagoberto y Mena chuparon mucho; eran muy bolos. Eso sí, eran muy inteligentes; colaboraron con la Revolución de Octubre haciendo caricatura y propaganda. También estaba el sobrino de Óscar González Goyri, Roberto, quien era pequeño de estatura y entró a la escuela después que yo, y era muy talentoso. Mi amistad con Dagoberto fue muy buena, solo que él y otros criticaban mucho mi técnica.

¿Qué críticas le hacían?

Dagoberto y Mena eran de otra tendencia. Decían que yo era anticuado por ser paisajista, y que ellos eran modernistas. Les gustaba copiar a Picasso, ese pintor que a mí nunca me gustó, y también imitaban a Dalí, que para mí sí era un gran pintor técnico y clásico aunque pintaba surrealismo. Por cierto, don Humberto Garavito fue compañero de Salvador Dalí en España. Y es que Garavito fue un prodigio desde niño. Se fue a estudiar a México, después a Francia, a Italia y a España. Fue mi gran maestro y mi gran amigo. Me llevaba a pintar a los parques con el también pintor y amigo Miguel Ángel Ríos. A otro que recuerdo con gran cariño es a don Salvador Saravia, a quien conocí en tiempos de Ydígoras Fuentes, cuando el coronel Barrios Peña nos mandó a Tikal a pintar las ruinas. Pintábamos juntos, también con don Hilary Arathoon, otra gran persona.

¿Cuál considera que fue su primer gran cuadro?

En tiempos de Ubico, el Partido Liberal tenía un periódico que se llamaba El Liberal Progresista. Allí publicaron un desnudo que yo hice. Pinté a Ángela, una modelo que teníamos y que le decían la Chispa, que terminó casada con un motorista de Ubico. Teníamos dos modelos, a Ángela y a Antonio del Cid. Mi maestro de desnudo era don Federico Schaeffer. Talvez no fue mi primer gran cuadro, pero sí un éxito, a la vez que una mala experiencia porque una monja fue a decirle a mi mamá que yo dibujaba pornografía. Por eso dejé de pintar desnudos en mucho tiempo.

¿Recuerda a Andrés Curruchich?

Cómo no… En el año 1938 nos llevaron a la Feria de Noviembre a dibujar. Allí estaba don Andrés, pintando el paisaje. Mis compañeros me apodaron, desde entonces, Luis Curruchich.

En oposición a los pintores “modernistas” estaban los paisajistas, ¿es así?

Sí, claro que sí. Los pintores de paisaje éramos unos seis o siete. Uno de los más adelantados, que probablemente habría sido un gran pintor, era Francisco Jiménez, pero era talabartero y la situación económica era mala. Se fue a trabajar a zapatería Cobán y llegó a jefe de fábrica. Otro que fue muy amigo mío, inseparable, por coincidencia teníamos el mismo cumpleaños, y otra gran coincidencia, —óigalo bien—, había perdido también dos dedos, fue Antonio Oliveros.

Sí, una gran coincidencia. Me pregunto si había perdido los mismos dedos que usted.

Eso no lo recuerdo, pero así es la vida… Otro paisajista muy bueno era Paco Bobadilla, quien tenía un taller de zapatería.

Habrá conocido a mucha gente. ¿Hay alguien a quien recuerde con singular aprecio?

A don Ramiro Castillo Love. Él y su familia me quisieron mucho, a pesar de nuestras diferencias sociales. Me invitaban a almorzar con ellos. La diabetes me vino de cuando lo mataron. Era un gran hombre, muy honesto y amable. Yo lo estimaba. Por encargo suyo hice el cuadro más grande para el Banco Industrial; allí me compraron mis trabajos de carpintería artística.

¿Cuál fue su posición política?

Soy simpatizante de los pobres, quisiera que no existiera la miseria, pero creo que los ricos son necesarios, porque sin ellos no podrían vivir los pobres. Simpaticé con la Revolución, fui admirador de Juan José Arévalo y de Juan José Orozco Posadas, quien fundó la Ciudad de los Niños, imitando al sacerdote Flanagan. El de Arévalo fue el único gran gobierno después del de José María Reyna Barrios, asesinado por los conservadores, quien trajo músicos, pintores y escultores que fundaron escuelas. Entre los artistas que trajo vino el papá de Galeotti Torres (Andrés Galeotti Barattini) y otros familiares de Rafael Rodríguez Padilla, quien fundó la Academia de Bellas Artes en tiempos de Lázaro Chacón. Este artista había participado en un golpe en contra de Chacón, pero el presidente perdonó a los golpistas y Rafael Rodríguez se suicidó. Entonces nombraron director a don Humberto Garavito, quien dirigía la Academia cuando yo entré.

¿Quién es Luis Álvarez?

Una persona feliz. Espero la muerte tranquilamente porque ya viví lo suficiente. Me han hecho algunos homenajes; la gente ha sido muy fina conmigo. A pesar de no ser antigüeño, en esta ciudad me quieren mucho.

Usted menciona la muerte. ¿Hacia dónde vamos?

A ninguna parte. Cuando Dios creó el mundo había tres cosas que ya existían, el tiempo, el espacio y los átomos. Esas cosas no tienen fin, igual que Dios. Hacia allí vamos, pero nada más. Muchas veces, en las iglesias se dicen mentiras. Lo que les interesa es ganar dinero. El infierno es un invento. Dios es un espíritu dinámico invisible, no lo podemos pintar, pero el hombre necesita creer en algo e inventa a Cristo sentado junto a Dios. Eso no es cierto. Muchos creerán que soy ateo, pero los ateos no existen. Solo soy franco; me siento satisfecho y voy a morir feliz. Mi mayor fortuna es haber sido el pintor que yo deseaba, un pintor de paisaje.






(en la foto: el maestro José Luis Álvarez pintando El Calvario, de Antigua Guatemala, y captado por el famoso artista Ricardo Matta). (otra de las fotos: juan carlos lemus y josé luis álvarez).






José Luis Álvarez

Nació el 3 de junio de 1917, en la finca La Esperanza, Guatemala.
Hizo durante 14 años pintura comercial; 27 años fue maestro en la Escuela Nacional de Artes Plásticas. Hizo trabajos de restauración y dorado en varias iglesias de San Juan del Obispo, Santa María de Jesús, San Francisco y San Felipe de Jesús en Antigua Guatemala.
Sus obras se encuentran en colecciones privadas de todo el mundo.
Ganó el segundo lugar en el concurso nacional de la Feria de Noviembre, en 1938.
Ganó tres veces el primer lugar en el concurso Arturo Martínez, Quetzaltenango 1972, 1973 y 1974.
Premio Artista del Año, en su 29 edición (2009).
Entre sus obras más conocidas está El Corte del Café, grabado en los billetes de Q50.

martes, 26 de abril de 2011

Breve historia del historiador Miguel Álvarez Arévalo





Uno de los más famosos historiadores del país, Miguel Alfredo Álvarez Arévalo, explica los orígenes de su vocación.


Por Juan Carlos Lemus

Estamos en el Museo Nacional de Historia, un edificio de 1896, ubicado en el centro histórico de la Ciudad de Guatemala. El Cronista de la Ciudad, Miguel Álvarez Arévalo, tiene sobre su escritorio imágenes de santos, cristos; autógrafos de Sarita Montiel, de Rocío Jurado; una computadora portátil con sus bocinas, y algunas fotografías de sus viajes a otros países. Viste un impecable traje azul marino y zapatos negros lustradísimos. En su oficina cohabitan la Guatemala de los siglos XVI al XXI con el Facebook. Sobre los gruesos muros cuelgan los pasos de Cristo camino al Calvario, un soneto al óleo, del siglo XVIII; más de cien cuadros con diplomas, títulos y otros reconocimientos suyos, y detrás de ellos, en la calle, mientras charlamos, pasa una manifestación universitaria con vuvuzelas, ruidosa modalidad regalo de Sudáfrica para el mundo.Todo eso es como un bodegón de antigüedades sostenidas por muebles bauhaus y tecnología del presente siglo. Miguel Álvarez —quien hace unos años apareció en 15 programas de televisión de Tokio, hablando en japonés (traducido)—, está sentado al centro, casi inmóvil durante las horas que dura nuestra charla. Carece de titubeos. Habla con sorprendente precisión, tal como lo hace casi a diario para la radio, televisión y prensa escrita. Su tez blanca acusa breves quemaduras propias de quien camina bajo el sol, pues vive a pocas cuadras de su oficina. Mas ese aspecto casi hierático se esfuma los fines de semana, cuando se puede ver por las calles del Centro a este hombre de 58 años vistiendo tenis, playera y pantalones de lona; que cocina fiambre para el Día de Difuntos —con una receta de hace más de cien años, aclara—, pescado a la vizcaína; ponche y buñuelos para las posadas. A diario lo saludan las señoras del mercado, los taxistas y los meseros.
Tan ajetreada vida podría requerir, creo, un descanso, pues todo el tiempo le hacen preguntas sobre la historia nacional, tanto investigadores como catedráticos universitarios y estudiantes, pero Miguel Álvarez —sobrino nieto del ex presidente Juan José Arévalo— asegura que para él es todo lo contrario, que cuando no se le consulta siente algo de vacío. En efecto, en tantos años ha demostrado que no es egoísta con lo que sabe. De hecho, muchos lo consultan y no lo citan; otros lo citan sin consultarlo, pero él parece no darse por enterado. Hay que añadir que es modesto, quizá en exceso, pero este es un reporte exigente —le hago ver—, y es necesario hablar de algunos de sus aportes al patrimonio cultural. Por ejemplo, en mis consultas sobre su vida encontré que fue él quien descubrió hace 30 años que el Niño Nazareno de La Merced en realidad es el Patrón Jurado de la Ciudad de Guatemala. En segundo lugar, para el terremoto del 1976, con otros historiadores, logró rescatar de la destrucción piezas folclóricas, para que no quedaran enterradas. Tercero, que evitó, con otras personas, que el ex presidente Romeo Lucas demoliera los edificos de la Gobernación y la Casa de la Cultura de Quetzaltenango, hoy ambos patrimonios nacionales.
Hay una canción muy sencilla que dice: “Nada te llevarás cuando te marches”. A mi parecer, Miguel Álvarez lo ha comprendido bien. Aseguro que morirá feliz solo si lo hace hablando, hasta el último minuto, de la Merced, las tradiciones navideñas, Jesús de los Milagros, la Virgen María en el arte colonial, Jesús de Candelaria, las procesiones, los Ángeles Llorones, de la historia del Palacio Nacional, del Centro Histórico, sobre gastronomía tradicional y de Nuestra Señora del Socorro, por citar unos cuantos de los temas que ha desarrollado en sus 26 libros.

¿Cómo empezó todo? ¿Cómo era usted de niño?, ¿un cucurucho?, ¿un terco niño historiador?

Nunca fui cucurucho ni acólito, pero sí me gustó la historia desde pequeño, y hablar con los curas. Me gustó la historia y Estudios Sociales. Mi mamá ejerció una muy buena influencia en mí, y cuando yo sabía que en la escuela íbamos a estudiar sobre historia de Centroamérica, ella me la explicaba antes.

¿Cómo fue su infancia?

Soy un hombre de la década de los cincuenta. Nací cuando la vida giraba alrededor de lo que hoy es el Centro Histórico. Cines, comercios, procesiones; hasta si uno quería comprar una semilla, todo lo hacía en ese lugar. Los teléfonos eran prohibitivos; no todas las casas tenían uno, y públicos había uno que otro. Mis primeros cinco años los viví en la zona 9, en Tívoli.
Recuerdo muy bien el olor a tierra mojada, la fragancia de la flor de muerto y todo lo que había en ese lugar en donde antes no había un Parque de la Industria, sino un bosque con lagunetas. En mi inocencia creía que esos eran los bosques de los cuentos de hadas. Cuando estaba en primero primaria, en el instituto Cervantes, cerca del parque La Concordia, me venía en la camioneta 6, que daba una vuelta por un enorme bosque de cipreses que había donde hoy es La Terminal. Aprendí a leer y a escribir con mi libro Caminito de luz y mis cuadernos de caligrafía.

La educación en su época era muy diferente a la actual, sin duda.

Sí. Nos llevaban de excursión a ver cómo se hacían los fósforos, o las gaseosas. La formación que nos daban en primaria era muy integral, y sobre todo, con pautas de comportamiento; por ejemplo, cómo caminar en la calle, cómo atender a una persona no vidente, cómo respetar a los ancianos, a dar el lugar en el autobús, para que se sentara alguna señora, y todo eso lo reforzábamos en casa. Cuando tenía 8 años, en el colegio nos ponían ejercicios de memorizar cuántas tiendas había, cuántas librerías, iglesias católicas, cuántas evangélicas, qué líneas de autobuses pasaban, instituciones que había cerca, creo que todo eso es importante para conocer en dónde se encuentra uno.

¿Cómo era la tecnología?

En Guatemala eran contados los televisores; no todos tenían; ni aparatos domésticos. Empezaban las fotocopias, el emplasticado de documentos; las llamadas de larga distancia eran carísimas. Eso sí, mi generación fue testigo de los grandes acontecimientos transmitidos por la televisión; por ejemplo, las Olimpiadas de México, en 1968, y la llegada del hombre a la Luna. Aquello era sorprendente. Las calculadoras eran tan grandes, que no podía uno llevarlas al colegio; las tablas de logaritmos eran espantosas. Cuando llegó la computadora era algo raro, y ya no digamos cuando me preguntaban cuál era mi e-mail. Al principio, le pedía a mi secretaria que se encargara ella de todo, pero luego aprendí y ahora hasta estoy en Facebook.

¿Qué recuerda de sus paseos familiares?

Me le pegué mucho a mi abuela materna; a ella le gustaba caminar. Nos íbamos en tren a Amatitlán, por 20 centavos. Al llegar a la estación tomábamos un carro jalado por caballos a ver las poblaciones del lago, que ya no existen. Comíamos aquellos dulces de colores tan artísticos. Para mí, más que sabrosos, eran preciosos. Otro de mis paseos favoritos era subirme a la terraza a ver aviones, que todavía eran de hélice, porque hasta 1961 empezaron a venir los jets de Pan American, de México. Parte de mi vocación viene de nuestros paseos a Sumpango, Sacatepéquez. Nos íbamos a Antigua Guatemala por caminos de terracería; así empecé fascinarme por las ruinas, donde todavía había gente viviendo adentro.

Usted vivió cerca del manicomio, ¿recuerda cuando se quemó?

Sí, lo recuerdo muy bien. Yo tenía 8 años; fue el 14 de julio de 1960. Fue algo impresionante. Vivíamos enfrente, calle de por medio; era de noche y ya estábamos acostados. Se fue la luz, nos levantó mi mamá y no encontrábamos la ropa, hasta que mi mamá nos vistió. Unos vecinos nos rescataron y nos llevaron al lado de la zona 3. Al día siguiente vi el desfile funerario, el lugar estaba todo cubierto de pelusa, y un olor a quemado. Espero que no suene muy vulgar lo que voy a decir… pero lo asocié con carne, y no pude comer carne asada en mucho tiempo.

¿Cómo fueron sus estudios de secundaria y su llegada a la universidad?

La secundaria la estudié en el colegio Santo Domingo, donde ahora está Jesús Obrero, y en el International School, en la avenida La Reforma. Me incorporé al periódico del colegio, que se llamaba Avances; era en 1968 y 69. Cuando fue el seminario para salir de bachiller, propuse el tema de turismo; lo aceptaron y nos permitió hacer un estudio sobre Guatemala. Al salir del colegio me inscribí en la universidad. Podía estudiar las carreras convencionales, derecho o ingeniería, pero tenía vocación humanista. Eso se impuso y me inscribí en la Facultad de Humanidades, en el Departamento de Historia. Tuve excelentes maestros, como Julio Galicia, Pedro Tobar Cruz, Edna de Rodas, Jorge y Luis Luján, Josefina Alonso de Rodríguez, quien nos motivó mucho en la defensa del patrimonio.

Usted descubrió que el Niño Nazareno de La Merced es el patrón Jurado de la Ciudad. ¿Cómo fue eso?

Tuve la dicha de trabajar algunos documentos inéditos sobre el caso de Jesús de La Merced. A la imagen del Niño Nazareno de La Merced, que sacan los niños en procesión el Sábado de Ramos, ahora le dicen Niño de la Demanda. Fue gracias a que el padre Toruño me permitió leer los documentos, investigué y di con la fecha exacta del traslado de la imagen de Antigua Guatemala a la Ciudad de Guatemala, con la rogativa y el honor que tiene como Patrón Jurado. Faltaba un año para celebrar el bicentenario de la ciudad, y eso permitió que se le hiciera un festejo. Desde que le di la información de los documentos a don Julio Farfán empezaron a utilizarlo; eso fue hace más de 30 años.

¿Qué es el Patrón Jurado?

Lo que pasa es que en la época colonial las autoridades municipales tenían mucho acercamiento con la Iglesia; entonces, en algunas circunstancias se nombraba Patrón Jurado a una imagen, y el ayuntamiento hacía un juramento. En este caso encontré el juramento que se hizo de Jesús de La Merced, dato que luego confirmé con los libros del cabildo municipal.

¿Cómo vivió la época, como historiador, durante el conflicto armado?

Era difícil recorrer el país. Muchos de mis compañeros desaparecieron. A pesar de eso, con algunos de ellos lo recorrimos, estudiando el folclor, la artesanía y la cultura. Me dolió muchísimo cuando me enteré de que debido al terremoto de 1976 muchas personas de Santa Apolonia y de otros lugares habían muerto, y mucha de su artesanía desapareció. Ya había yo trabajado la grabación de una loa, y eso sí se conserva porque lo entregamos al Cefol, en el año 1975. El terremoto me vinculó con el patrimonio cultural, porque estuve muy consciente de la tragedia, del dolor humano, pero con nuestro equipo de historia en la San Carlos lanzamos la voz sobre el patrimonio cultural y nos fuimos junto a los que salvaban vidas humanas, mientras nosotros intentábamos salvar el patrimonio; incluso, nos metíamos entre la destrucción para ver qué podíamos hacer. Nos íbamos sin viáticos a occidente. En la capital nos agarraron los temblores en algunos campanarios de las iglesias. La destrucción del patrimonio es la desfiguración de la cultura, pues hubo muchos lugares que al perder máscaras, vestimenta, retablos y arquitectura, se inventaron otros.

¿En qué circunstancias llegó a dirigir el Museo Nacional de Historia?

En 1983. Trabajaba yo en el Registro cuando me pidieron que me hiciera cargo del museo, que se encontraba alquilando casa en la 11 calle, entre la 6ª avenida y 6ª avenida “A”. Pero dentro de las políticas que se tenían en la época de Lucas García era la demolición de los edificios. Hasta quería demoler unos monumentos en Xela. Por cierto, tuvimos la lucha y el apoyo del ministro de Educación, que era Putzéis Álvarez, pues querían derribar la Gobernación y la Casa de la Cultura de Quetzaltenango, pero el pueblo de Quetzaltenango nos apoyó y finalmente fueron declarados monumentos nacionales. Lo mismo intentamos con el edificio de San Francisco, en la capital, donde funcionaba el segundo cuerpo de la Policía. También con Putzéis Álvarez logramos que fuera declarado monumento, para que no lo derribaran, y lo logramos, pero sucedió algo sin precedentes: se emitió un nuevo acuerdo en el que decía que ya no era monumento. Fue inaudito que se hiciera una contraorden para darle baja y destruirlo, en 1979. Pero, bueno, el edifico donde está actualmente el Museo se adquirió gracias al apoyo de varios intelectuales. David Vela nos consiguió una entrevista con Lucas, y este entregó el edificio al Museo, en 1981.

¿Cómo evita la nostalgia, pues lo suyo es la historia como ciencia?

En esta ciudad puedo vivir la época de la Colonia y también el siglo XXI. Es una ciudad que si no la viera con la fuerza de la ciencia, estaría viéndola con nostalgia. Por supuesto que a veces veo el asfalto y pienso que si lo escarbáramos, tal vez encontraríamos piedras desgastadas por el paso de los carruajes, las huellas de los penitentes, las de los mercaderes, huellas de José Martí y de todas las personas. Esta ciudad es un todo; nació con vocación de capital.

¿No le cansa un poco que lo llamen todo el tiempo para hacerle consultas?

Para nada. Le voy a decir la verdad: yo sufro mucho cuando veo que hay desinformación. Por eso creo que el conocimiento debe ser público, que debemos compartirlo.


(En fotos: Miugel Álvarez en caballito, sin fecha, aproximadamente a los dos años de edad. En la otra, junto a su amiga Sarita Montiel).



Breve perfil:
Miguel Alfredo Álvarez Arévalo (Guatemala, 21 de abril de 1952).
Cronista de la Ciudad de Guatemala, nombrado por el honorable Consejo Municipal de la Ciudad de Guatemala en 1992.
Hijo de José Miguel Álvarez Villatoro y Marta Josefina Arévalo Lemus.
Licenciado en Historia por la Universidad de San Carlos de Guatemala.
Museógrafo por la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía, México, D. F.
Es director del Museo Nacional de Historia.
La sala principal del Museo del Ferrocarril lleva su nombre desde 2006.
Catedrático universitario y autor de 26 libros sobre Historia. Un clásico suyo es el libro Iconografía Aplicada a la Escultura Colonial de Guatemala, 1990
Tiene producciones de televisión y discos compactos sobre historia.
Ha impartido conferencias en México, Estados Unidos, España, Cuba, Santo Domingo, Chile y Canadá.

martes, 14 de diciembre de 2010

“Nací para tragarme la vida”/ Entrevista a Héctor Gaitán




Un hombre de hierro, un tipo curioso y memorable, ese es el historiador Héctor Gaitán.


Por Juan Carlos Lemus

A sus 70 años, ya padeció los golpes que, según dicen, son los más graves que puede sufrir un ser humano: la muerte de la madre, el padre, la esposa y de un hijo. Su ameno puño literario goza de buena fama. Evidencia de ello son sus siete tomos de La calle donde tú vives y sus otros 16 libros relativos a las memorias del siglo XX de Guatemala, incluidas historias de fusilamientos, presidentes y otros temas igual de tenebrosos, todos escritos con gran sabor local.
Sus conocimientos sobre historias de espantos harían suponer que Gaitán es un abuelo con pantuflas y gorrito, que se sienta con sus nietos al calor de una hoguera y les relata historias de la Siguanaba. Su aspecto bonachón y sus 250 libras así lo reafirmarían, pero bajo su blandura hay un hombre de hierro. Adentro tiene una estructura emocional hecha de varillas de acero. Gaitán es el tipo de optimista con los pies bien puestos sobre la tierra. Posee extraordinaria bondad, pues la vida se ha encargado de moldearlo, durante 70 años, a fuerza de golpes, cárcel, decepciones políticas y sus propias fobias al imperialismo yanqui. Así es, no hablamos de un gordito inofensivo, sino de un intelectual templado, que tuvo una juventud aguerrida, que se formó académicamente en Guatemala, México y Estados Unidos, y que posee la memoria social y antropológica del país del siglo XX. Un académico muy serio, pero eso sí, de gran simpatía. A quien quiera informarse de Guatemala y sus personajes, le recomendamos que lea sus siete tomos de La calle donde tú vives (Artemis Edinter).
Jamás disparó armas, pero se involucró en una célula guerrillera urbana que repartía propaganda subversiva. A principios de la década de 1970 fue capturado en una balacera, y fue puesto preso. Salió al exilio en México, país en el que sobrevivió 10 años vendiendo libros y platería.
Conversamos para esta entrevista una tarde del recién pasado noviembre, en el parque central del Centro Histórico, en medio de un viento helado y toldos de la feria del libro que se caían detrás de nosotros. Nos reímos de las paradojas de su vida; la primera de ellas, que aquel antiimperialista estudió periodismo en Estados Unidos. La segunda, la más significativa, que actualmente puede ver gracias a que le fue implantada la córnea de un gringo muerto —iba a quedar ciego, pero en el Comité de Pro Ciegos y Sordos hicieron un buen trabajo—.
Este es el autor de libros y audiolibros de espantos y aparecidos, un hombre curioso y memorable que nació a manos de una comadrona, —después de que su madre perdiera cinco hijos— en su casa ubicada en el primer callejón urbano que hubo en la ciudad, allá por el estadio, en 1939. Al igual que Pedro Calderón de la Barca, cree que la vida es un sueño.

¿Cómo conoció y se despidió de su esposa?

La conocí en el atrio de la Recolección. Nos casamos siendo muy patojos, yo tenía 20 y Esperancita 17 ó 18. Murió a los 70 años de edad, en el 2004. Ese fue un período muy duro de mi vida, una tragedia, porque mi hijo Héctor contrajo una enfermedad viral por comer cosas en la calle. Hepatitis. Empezó mal, como en octubre del 2003, y nunca me imaginé que iba a tener un desenlace fatal. Tenía 38 años, se iba a graduar de licenciado en Historia. Dejó tres niños y a su esposa. Murió el 24 de diciembre del 2003. Mi esposa estaba muy enferma, la estuve llevando a México para curarla; era un ir y venir, pero allá ya la habían desahusiado, y fue muy valiente, pero llegó el momento y el 15 de febrero, a un mes y días de que murió mi hijo, también murió. Tenía osteoporosis crónica.

La Navidad no es alegre para usted.

Me afecta, pero me hago el pendejo, porque tengo un nieto que vive conmigo. Me hago el fuerte porque no le voy a destruir la vida al niño con tristezas.

Estuvo involucrado en un movimiento revolucionario, ¿qué piensa, hoy, de la izquierda?

Para mí, la izquierda es una utopía. Nosotros luchamos por convicciones, con el corazón, con todo lo mejor que se pudo haber tenido para Guatemala, pero se dieron cosas que, si yo las digo en este momento, puedo ofender a personas que aprecio y que cometieron errores. Por eso ya no me fui de México a Cuba, y me salí del movimiento. Sigo pensando, eso sí, que Guatemala necesita un cambio radical, pero pacífico; necesita más diálogo con todos, con los pobres; no sé si eso es utópico, pero creo que un día todo será mejor.

¿Cómo salió al exilio?

Era la época de Ydígoras Fuentes. Empezaron a catear la casa, se llevaron presos a mi papá y a mi hermano. No me lograron agarrar; solo una vez, en una balacera; fue por el Conservatorio Nacional de Música. Pero sucedió que mi padre era muy amigo del jefe de la judicial —imagínese usted—, don José Bernabé Linares. Mi papá, desesperado, fue a hablarle y le pidió: “Bernabé, ayudame, es mi hijo”. No me trataron mal, porque él me conocía. Solo recuerdo que se me acercó don Bernabé, me pegó duro en el brazo y me dijo: “Vas a matar a Luis”. A las cuatro horas iba yo en avión para México.

¿Cómo fue el exilio?

Como decía Miguel Ángel Asturias, el exilio es un camino triste y frío. Pero yo tenía una tía en México que había salido al exilio en tiempos de Estrada Cabrera, entonces, yo tenía casa. Pero mi rebeldía, esa forma de ser de uno de patojo, que se cree muy cabrón para todo, me hizo alejarme de ella y de su casa. Era 1958. Traté de ser independiente. Afortunadamente, no caí en malos pasos.

¿Vivió la psicodelia de aquellos años, en México?

Era la década de 1960, la música de los Beatles, la época de Elvis Presley, y éramos jóvenes. En ese tiempo, las drogas eran el pan diario de cada día. Aquí, en Guatemala, era algo tranquilo, pero en México era cosa seria. Bendito Dios, jamás le hice a las drogas. Sí fumaba, tomaba cervezas. La psicodelia iba unida a los alucinógenos, pero nunca los probé. Sí vestí a la moda, aunque nunca usé pelo largo porque trabajaba con unos españoles vendiendo libros y platería, así que no podía andar en fachas. Luego fue la época de la persecución a muerte, en México, de los roqueros. Era prohibido vestir a la moda, a los jóvenes los sacaban de los cafés, fue algo muy serio. A nosotros —los exiliados— nos tenían bien controlados, por cualquier cosa nos podía citar Gobernación.






Héctor Gaitán, en la feria del libro, Plaza de la Constitución, 2010.


¿Cómo fue su retorno?

Fueron 10 años en el exilio. Me vine porque mi padre me mintió, me dijo que mi madre estaba muy grave. Él quería tenerme cerca. Gracias a que había sacado unos cursos de locución y periodismo en la academia Novo, en Monterrey, gané un concurso de locutores para la televisión. El examinador era don Mario Ferreti. Pasaron los años y vino la venta del noticiero, lo compró Mario Solórzano Foppa y Ariel Deleon, periodista que también estuvo exiliado. Me gané una beca para estudiar periodismo en Estados Unidos.

Una paradoja, ¿no cree? Llegó al país imperialista.

(Ríe) Sí. Estudié, en 1979, en Nueva Orleans y en Dallas. Y a mí no se me quitaba lo de izquierda. Una vez, un instructor pidió que cada periodista expusiera la situación política de su país. Para qué me preguntaron, casi me sacan. Les dije que el imperialismo manejaba las riendas de América Latina, que había puesto y quitado presidentes como le daba la gana, que nosotros, los latinos, éramos un patio trasero de Estados Unidos. “Se te fue la mano”, me dijo el profesor, un peruano. “Usted preguntó y yo respondí con la verdad”, le contesté.

En su profesión ha sido muy afortunado, me parece.

Sí, soy afortunado, aunque creo que he vivido a la carrera. Siento que todo acaba de suceder. Nací para tragarme la vida; siempre sentí que se me iba y quería atraparla; hoy, la llevo más despacio.

¿A qué se refiere con vivir a la carrera?

Creo que desde patojo vivía con el temor de que me iba a morir, hasta ahora, a los 70 años, estoy aterrizando. Me iba a quedar ciego, tenía unos lentotes que no aguantaba sostenerlos en la nariz, tenía una catarata muy severa en un ojo, y en el otro, un problema en la córnea. Me operaron en Pro Ciegos y Sordos, me implantaron la córnea de un gringo muerto. Bendito Dios, miro.

¿Qué tan duro fue pensar que quedaría ciego?

Cuando estaba perdiendo la vista, estaba escribiendo un libro sobre la vida del Hermano Pedro. Ya no veía las letras, leía con lupa. Era el año 2002. Le pedí mucho al Hermano Pedro —es cuestión de fe—, y cuando me operaron los ojos y me quitaron la venda, la doctora Mac Donald me hacía señas con los dedos y yo no veía nada. Pensé que estaba ciego. Ella dijo, “Tranquilo, pueden llevárselo. Que le cierren bien los vidrios del carro y cuando vayan por Majadas, quítese la venda y va a ver”. ¡Y así fue! Cuando por Majadas me quitaron la venda, pude ver. Desde entonces miro los pájaros, los árboles, el cielo azul, la Catedral, esa belleza. En las mañanas, en el patio de la casa, echamos alpiste para los pájaros y lo disfruto plenamente. Ahora disfruto cada paisaje, cada luz, la risa de un niño, aprovecho mi tiempo para observar cosas, y así lo haré hasta que Dios me lo permita.

Una nueva paradoja, don Héctor, tiene una córnea imperialista.

(Ríe) Sí, quién lo iba a pensar. Ahora, veo la vida de distinta manera, señor Lemus. Trato de no hacerle mal a nadie, ni siquiera con el pensamiento. Soy humano y he visto palpablemente aspectos profundos de Dios. Por ejemplo, yo no gozo de prestaciones laborales, hago mi trabajo y me pagan. Eso es todo, y es algo que agradezco profundamente, pero, a veces, me veo en trapos de cucaracha, porque uno no tiene Bono 14 o aguinaldo —por cierto, el IGSS me lo paga mi editor, Jesús Chico, director de Artemis Edinter, lo cual le agradezco, si no, ya me hubiera ido de este mundo—. Pues, decía eso porque cuando con mi familia nos hemos visto sin plata, nos reunimos y decimos, qué hacemos, no hay dinero, y de repente, una llamada: “Héctor, ¿tiene discos? Quiero dos colecciones, vengo de Canadá…” Es entonces cuando veo la mano de Dios.

¿Qué piensa de la muerte y la eternidad?

Pienso que es el misterio más grande de la humanidad. Ya le conté mi cuadro clínico, el corazón lo tengo jodido. Si me da un infarto, no sé a dónde me voy a ir. Pienso que el tiempo no existe, que esto que vivimos, esto que platicamos, todo es como una película, un sueño que estamos viviendo, y cuando me despierte, no sé donde voy a estar. Uno pasa por el tiempo sin sentirlo, y cuando viene la muerte, después de ese proceso que nadie sabe qué es ni a dónde va, los segundos pueden ser centurias, quién sabe, eso dicen los grandes pensadores.

Menciona a Dios, pero no sabe qué pasará después.

(Ríe) Mire qué contradicciones: soy católico, estudié en la Casa Central, pero de allí me corrieron por mal portado.

Finalmente, algunos querrían leer cómo surgió su inclinación por la historia.

Nací en un barrio obrero. Mi padre era un empleado postal que dejó allí su vida. En nuestra casa vivía mi tío, el tío Carlos, quien nos llevaba al cementerio, y cuando lo hacía, era una clase de historia. Decía: “Miren, aquí está enterrado Jorge Ubico, o Lázaro Chacón, él tomó el poder en tal fecha, de tal y tal manera”. Nos hablaba de personalidades como Pepe Milla, quien está enterrado en el cementerio General. Esa es la parte que me invitó a mí a empezar a escribir. Además, yo oía los cuentos con los obreros del barrio, de ferrocarrileros, de cargadores, ellos habitaban en palomares. Nosotros teníamos casita, pero uno de patojo se va a meter a todas partes, así empezó mi afición por escuchar sobre las leyendas de Guatemala. Tendría yo, más o menos, seis años.

El historiador
Héctor Gaitán (Guatemala, 1939)
Es autor de 23 libros, editados por Artemis Edinter, entre ellos:
Siete tomos de La calle donde tú vives.
Dos tomos de Memorias del siglo XX de Guatemala.
El Centro Histórico. Libro polémico sobre lo que han hecho con el centro histórico, al convertir casas antañonas en parqueos.
Los fusilamientos en Guatemala.
Los presidentes de Guatemala.
Recetario curioso de Maximón.
Correo: lacalledondetuvives@yahoo.com

martes, 7 de diciembre de 2010

“El vocabulario es útil para vivir”: María Raquel Montenegro

Un estudio en escuelas primarias revela interesantes resultados sobre el uso del vocabulario.


Por Juan Carlos Lemus

Uno de las cursos más injustamente despreciados suele ser el de idioma español. Quizá con cierta razón, pues muchas veces los estudiantes de primaria reciben arcaicos métodos que incluyen la memorización de conceptos que no les interesan, aunados a un vocabulario que generalmente no comprenden, pero que se ven obligados a retener.Un interesante estudio de las palabras que manejan estudiantes de zonas urbanas y rurales, de tercero y sexto primaria, fue desarrollado por la doctora en lexicografía María Raquel Montenegro Muñoz, en el 2009, apoyada por Usaid. Los resultados fueron presentados en el documento titulado Estudio de disponibilidad léxica.

El contenido y la utilidad práctica de ese trabajo es algo que la doctora explica en esta breve entrevista, además, aprovechamos su conocimiento como integrante de la Academia Guatemalteca de la Lengua para preguntarle asuntos relacionados con el vocabulario incluido en el Diccionario de la Real Academia Española.

¿Por qué deberíamos hablar del vocabulario como algo útil?

Porque tiene incidencia directa en cómo nos comunicamos las personas cuando hablamos y cuando escribimos. Y además, porque el vocabulario tiene un impacto directo en la forma como entendemos lo que escuchamos y lo que leemos. En realidad, quien domina el vocabulario tiene una herramienta indispensable para vivir.

¿Qué es el Estudio de disponibilidad léxica?

Para saber cuál es el vocabulario de uso diario, se hacen estudios de disponibilidad léxica. Es averiguar cuáles son las palabras que las personas conocen. Hay que tener un punto de partida, así que para hacerlo generalmente uno les da una palabra a los alumnos, y a partir de esa escriben todas las que conocen. Se les pidió que escribieran las partes del cuerpo humano, animales, alimentos, medios de transporte, profesiones y oficios y accidentes geográficos.
Salieron cosas interesantísimas. Por ejemplo, es frecuente el uso de la palabra Tuc tuc. Puede ser que la palabra “ruletero” ya no sea de esta generación, y yo como maestro no me haya dado cuenta y la aplique. Otra palabra que salió fue Pulman, que es una marca de buses, pero que se convierte en sustantivo común y se usa para todas las camionetas que tengan características de cierta comodidad.

Algo semejante sucedió con Maisena y con Maseca.

Sí, es lo mismo, como sucedió con clínex, Gillette y Corn Flakes. Además, cuando les preguntamos sobre profesiones y oficios que conocieran, como profesión, en varios casos respondieron “marero” y “narcotraficante”. Insisto, fue un estudio muy interesante. De manera similar, debido a que es común que le llamemos oficio a hacer las tareas de la casa, cuando les preguntamos por oficio, en algunos casos respondieron lavar, planchar, cocinar, barrer y trapear.

En ese estudio, ¿qué pasa con las palabras malsonantes?

El criterio de un estudio es que no se puede censurar, pero, en realidad, no las emplearon.

A propósito, aprovechando sus conocimientos como miembro de la Academia Guatemalteca de la Lengua, ¿cómo llegan a formar parte del diccionario ciertas ocurrencias, también algunas palabras ofensivas o apodos? Le daré tres ejemplos: “papalina”, dice el Diccionario de la Real Academia (DRAE), es una borrachera; la palabra “pan”, dice el DRAE, entre otras acepciones es el “Órgano sexual de la mujer”; y esta otra: “trofeo”, es un “cruce de trompudo y feo”, y significa “persona fea y que tiene los labios gruesos y salientes”. La pregunta es qué sucedería si en el estudio que hizo hubiera una constante. ¿Podría elevarla a la Academia para proponerla?

Sí, pero vamos por partes. La función del Diccionario no es normativa, sino descriptiva; lo que hace es registrar todas las palabras usadas y ponerle marcas en las abreviaturas para decir en qué contexto se usa, el cual puede ser coloquial, técnico o religioso, por ejemplo. Lo que pasa es que la sociedad le da valor normativo al Diccionario, y después dice que todo lo que aparece allí ya fue autorizado por la Real Academia; no es que lo haya autorizado ni aceptado, solamente lo registra.
La ortografía sí tiene carácter normativo. Pero veamos el ejemplo de palabras como Tuc tuc, que, como decía, aparece con frecuencia en el estudio. Es una palabra que la Academia podría proponer, y una comisión evaluaría su inclusión como un registro. Por eso es que en el Diccionario aparecen tantos extranjerismos como software, por ejemplo.

Siendo así, ¿no podría el Diccionario llegar a tener un volumen doble o triple, debido a la enorme cantidad de términos adoptados por las personas?

Hay un criterio, y es que para registrar esas palabras deben permanecer en el habla durante 25 años; es decir, solo se registran palabras estables. No se consideran estables las que se usan solo unos cuantos años.

¿Qué pasa con otras palabras de moda, como “sextear”, que fue importante, pero ya no se usa?

Esas no entran al DRAE, pero sí entrarán al Diccionario Histórico que está en proceso en la Real Academia de la Lengua Española, que registra las palabras documentadas desde su aparecimiento hasta su desaparición, con fechas y lugares. Ya hay algunos diccionarios históricos —como el de Corominas— pero este es el primero de la RAE y aún lo están escribiendo.

Volviendo a su estudio ¿cuál fue el área menos conocida por los niños?

Fue la de los accidentes geográficos. En esta área recibimos menos palabras que en las otras; algunos no tenían idea de qué se trataba, incluso, escribieron accidentes geográficos como “caerse” o “chocar un carro”. Lo que sucede es que la mayoría de conceptos se aprende antes de llegar a la escuela, como las partes del cuerpo, pero los accidentes geográficos se aprenden en la escuela. Eso es un indicio de lo que habría que mejorar.

¿De qué manera se podrían aprovechar los resultados?

Si un maestro sabe cuáles son las palabras que conocen sus alumnos, en cuanto a animales, partes del cuerpo, medios de transporte y otras, entonces puede emplearlas para comunicarse de mejor manera con ellos; además, en las lecturas se deberían utilizar esas palabras para que los niños tengan todas las posibilidades de entender lo que leen y hablan.
También se pueden aprovechar los resultados para enseñar aquellas palabras que se detectó que no conocen los alumnos, para incrementarles el vocabulario.

¿Qué pasa con los maya hablantes, la situación de género (las y los niños, etcétera) y la influencia de Internet en el vocabulario?

El estudio se circunscribió a un área determinada; no se buscó analizar la influencia de los medios, sino solamente saber qué conocen los niños. Sí es posible que se haga otro estudio, con otras características, en el área quiché, y que se amplíe a otros campos.

Ese estudio, ¿puede ser consultado por los maestros?

Sí, es una herramienta que ya se puede ser consultada en Internet, en la dirección: www.reaula.org.
Y los maestros, además, pueden hacer estudios como ese en sus escuelas o colegios. El método se encuentra en un sitio de la Universidad de Alcalá de Henares. Si un maestro quiere aplicarlo en su aula, puede hacerlo bajando la información, viendo como se hace, hay un manual. En esa Universidad le ayudan aplicando una fórmula de tabulación y otras cosas que hacen efectiva la herramienta.








María Raquel Montenegro Muñoz
Es Miembro de Número de la Academia Guatemalteca de la Lengua y correspondiente de la Real Academia Española. Actualmente labora como especialista en lenguaje en el programa Reforma Educativa en el Aula, de USAID.
En 2002, obtuvo el grado académico de magíster en lexicografía hispánica, en la Escuela de Lexicografía Hispánica, conducido por la Asociación de Academias de la Lengua. Además, posee estudios en maestría en docencia universitaria, en la Universidad de San Carlos de Guatemala.
Fue becaria de la Academia Guatemalteca de la Lengua Correspondiente de la Española durante tres años (2003 a 2006). Durante este período estuvo encargada de participar en la revisión del Diccionario Panhispánico de Dudas, Diccionario Académico de Americanismos y la Nueva Gramática Académica. Además, revisiones a las modificaciones al Diccionario de la Real Academia Española.
En 1996, obtuvo la especialización en docencia y la de investigación en lengua y literatura española, en la sede del Instituto de Cooperación Iberoamericana, en Madrid, España.
Se graduó de licenciada en letras y profesora de segunda enseñanza en lengua y literatura española en la Universidad de San Carlos de Guatemala.
“Si un maestro sabe cuáles son las palabras que conocen sus alumnos, entonces puede comunicarse de mejor manera con ellos”.

María Raquel Montenegro Muñoz,

doctora en Lexicografía

martes, 7 de septiembre de 2010

Entrevista a Irma de Luján/ La crítica sin fariseímo




Una conversación sobre el arte y la cultura en general.

Por Juan Carlos Lemus

Doña Irma de Luján no aceptaría una luz ámbar sobre su persona, tampoco los estridentes elogios difundidos por algún altoparlante, ni diplomas del tamaño de un muro. Prefiere pasar inadvertida. Ni tímida ni arrogante, sencillamente prudente y distante de los cuadros de honor que inventa nuestra sociedad maltrecha. Ejerce la crítica de arte. Algún lector podría preguntarse para qué sirve tal especialización en un país donde las camionetas arrojan humo negro, las calles tienen baches en los parches y nuestros centros comerciales no son sino copias de las más vulgares postales de Miami.

La respuesta sería que la crítica —bien aprovechada— puede originar cambios estéticos y hasta académicos en una nación. Pero los auténticos intelectuales suelen ser desatendidos, por lo que estos prefieren observar desde lejos cómo el circo aplaude a la mujer barbuda y condecora al descubridor del agua azucarada. Mas cuando críticos como Irma Lorenzana de Luján advierten sobre los embustes de la mujer barbuda, o la salada dulzura de los reinventores, son vistos como déspotas porque las sociedades lastimadas prefieren la mentira y el fariseísmo, antes que la verdad leída de frente.


Recién graduada de bachiller en el Liceo Francés, en los años sesenta, se fue a estudiar Historia del Arte a la Escuela Superior de Arte de París. Tenía 19. Por sus méritos, fue promovida antes de finalizar el primer año. En escuelas como esa, es normal que los maestros busquen alumnos destacados para que apoyen en talleres de los grandes maestros. Así, en quinto fue llamada como ayudante en los talleres del decorador Jean Lurçat (1892-1966), el artista que introdujo el surrealismo y el cubismo en la tapicería. Simultáneamente estudió en el Museo del Louvre.

Recibió clases particulares con la húngara Magda Frank, una escultora y crítica, víctima del Holocausto, cuyo fallecimiento, a sus 95 años, recientemente fue anunciado por diarios franceses y argentinos. La húngara la introdujo al mundo de la crítica.

En aquel tiempo participó en exposiciones colectivas, como pintora. En una de ellas ganó la medalla de plata de la Ciudad de París, en 1962, otorgada al Salón de Artistas Latinoamericanos que viven en esa ciudad. Algo nada fácil, por lo que recibió comentarios favorables, entre otros, el del mundialmente respetado crítico polaco Waldemar George (1893-1970). Regresó al país y conoció a Luis Luján Muñoz, el destacado académico con quien se casó.
Hace 14 años, Dina de Deman le pidió que escribiera una columna de crítica de arte en Prensa Libre, por lo que adecuó su escritura al objetivo periodístico y aún la publica, cada martes, en la sección Cultura.

Los artistas suelen ser susceptibles, incluso, agresivos. ¿Tiene eso incidencia cuando leen sus críticas de arte?

Sí, hay algunos que lo toman en forma muy educada, son los menos, y aceptan lo que se dice. Otros, defienden su obra con las uñas de fuera.

¿Cuál es una diferencia básica entre la crítica europea y la centroamericana?

Un crítico en Europa puede hacer o deshacer a un artista. Aquí, no, porque la cultura es muy distinta. En Europa hay críticos que tienen una fuerza en lo que dicen, que no hay para donde. Trato de ser así, que a mí no puedan decirme que lo que he dicho no es así, y hasta el momento, creo yo, no han logrado hacerlo. Aunque digan que soy mala, eso no tiene nada que ver con la crítica, que soy muy dura, tampoco tiene que ver con la crítica. Lo único que tiene que ver es la obra del artista. Trato de ser cautelosa y educada con lo que digo, jamás me he referido al pintor o al escultor, siempre me refiero a su obra.

Usted ha reconocido las cualidades de Grajeda Mena, González Goyri, Dagoberto Vásquez, ya fallecidos, además las de Luis Días o Roberto Cabrera, por mencionar algunos. ¿Por qué nuestro país, de unos 14 millones de habitantes, tiene solo unos cuantos pintores y escultores notorios?

Si me dijeran que tendría que armar una exposición de 50 artistas de Guatemala, me sería muy difícil, no le digo de la generación del sesenta, que usted acaba de mencionar, me sería difícil. Probablemente va a haber un cambio, vendrán jóvenes con talento que van a sacar un arte guatemalteco.

Para empezar, ¿por qué no hay una arquitectura vernácula?

Eso sería meternos en profundidades, pero creo que el guatemalteco, en el fondo, no está orgulloso de ser guatemalteco, tal vez estoy diciendo una barbaridad, pero así lo veo. Tal vez somos un país tan pequeñito que los países del norte nos han aplanado, pero en Guatemala tenemos tantas cosas bonitas. Hay personas que hasta cuentan, felices, que alguna vez las confundieron con que eran italianas… Deberían sentirse orgullosas de ser guatemaltecas.

Por cierto que ha escrito acerca de los mall, esas catedrales de consumo norteamericano.

Sí. A un mall entra usted de día y sale de noche; no hay ni ventanas, lo encierran a uno, lo obligan a ver lo que está dentro. No hay espacios seguros en la ciudad, entonces, los muchachos pasan allí la tarde del sábado y el domingo, caminan dando vueltas, como antes lo hacían en los parques.

¿Por qué nuestra ciudad tiene desorden estético y arquitectónico?

Sobre todo, hay mal gusto. Quieren copiar Miami, con palmeras alrededor de un centro comercial y el estilo de la arquitectura de esa ciudad.

En otra época intentamos copiarle a París, con el Obelisco…

Pero fíjese que el Obelisco es el monumento más elegante que hay en la Ciudad de Guatemala. Lástima que le pusieron esas columnas alrededor. El Obelisco recuerda una estela maya con su espejo de agua, pero lo arruinamos todo, porque aquí hay una idea de agregar. A un edificio, al momento le ponen tabiques para hacer más oficinas.

Obviamente, los responsables han sido los empresarios sin gusto estético y los gobiernos.

Hubo una época con una especie de resurgimiento, fue cuando se crearon en el Centro Cívico nuestros grandes murales, para que la gente tuviera a su alcance el arte, pero es el único, no se ha repetido. Y están en muy mal estado, por cierto, sobre todo el del Seguro Social, es lamentable.

¿Qué opina de los intentos municipales por hacer obra de arte en las calles?

Está bien, pero que hagan como cuando se hizo el Centro Cívico, con artistas ya hechos que hicieron algo bueno, y no con artistas —como dicen ahora— “emergentes”; esas son palabritas que se van creando para referirse a pintores que se inician, pero que no tienen concepto de lo que es un mural.

Según parece, quieren colocar esculturas en la Sexta Avenida.

Es el arte que va a ver toda la gente, entonces, hay que tener mucho cuidado, hay que saber escoger. Creo que piensan poner 18 esculturas, espero que escojan bien, algo mejor de lo que hay hasta ahora. No hacen algo guatemalteco.

¿Qué sería lo guatemalteco? ¿algo prehispánico?

No necesariamente. Por ejemplo, Roberto Cabrera o Élmar Rojas, cuando hacen algo no dicen voy a hacer algo guatemalteco, es algo que hacen con pureza y profundidad. Carlos Mérida, otro ejemplo, amaba a Guatemala, la interpretó en una forma extraordinaria, con elegancia llegó al fondo de lo guatemalteco, de verdad sintiéndolo.

¿No nos pone muy aldeanos ser nacionalistas?

Los mexicanos están orgullosos de serlo. De su comida, forma de hablar y de sus trajes, de su música, de todo, y no son aldeanos.

¿Cuáles son los parámetros para hacer una buena crítica?

Para mí, es necesario saber si algo está bien hecho o no, si tiene o no un concepto, simplemente.

¿Cómo se aprende la crítica?

Alguien me pidió que le diera clases. No se puede. La base es conocer el arte, desde la prehistoria hasta la que se está haciendo ahora, para hacer comparaciones lógicas y saber de dónde viene ese cuadro que nos están poniendo enfrente. Eso se logra con haber leído. No voy a decir que he leído mucho y que soy una eminencia, no, pero creo que me he preparado un poco.

¿Cómo ve los museos del país?

La semana pasada fui al Museo de Arte Moderno. Se está haciendo un gran intento por mejorarlo. El arquitecto José Mario Masa, con bastante entusiasmo y con pocos recursos ha hecho bastante, sobre todo la parte de la bodega, donde tienen guardadas la obra magnífica de los grandes escultores de Guatemala. Entre ellos, me llamó la atención una de Luis Días, de lo más pura que se pueda imaginar, él ya busca la cuarta dimensión de la escultura.

¿Cuál es su impresión de las escuelas y academias de arte?

Son lugares a donde van personas que se acercan al arte y eso es muy bueno, pero no por eso deberían creer que son pintoras. El que hagan copia de una postalita no es ser pintor. Quienes creen que es muy fácil, no se meten con la música porque requiere de mucha técnica dar un concierto de piano; se animan con la pintura porque piensan que eso lo hace cualquiera.

De los fallecidos, ¿es muy difícil nombrar al gran artista nacional?

No sé hasta dónde habría llegado Roberto Ossaye, tampoco se sabe si se hubiera quedado en el camino, como ha pasado, pero creo que no, creo que habría llegado a ser uno de los grandes pintores a nivel mundial. Tengo menos seguridad al hablar de Valenti, pero tengo seguridad al hablar de Arturo Martínez. Él habría sido un gran pintor, pero hemos tenido mala suerte, se mueren jóvenes, cuando todavía no han dado lo que tenían que dar. Mérida murió ya mayor y dio lo mejor que tenía. El maestro Mérida tenía una técnica depuradísima, de una gran finura y limpieza extraordinaria.

¿Y de los escultores?

Yela Günter, para mí, es muy bueno. Otro que murió muy joven fue Culajay, también de una pureza total. También González Goyri, que se dedicó más a la pintura que a la escultura, pero era muy buen escultor. Y uno muy grande es Grajeda Mena, que desgraciadamente se está olvidando, y habría que hacer algo, pues tiene una fuerza increíble.

Me parece que en Guatemala ha habido, en su historia, genios inadvertidos que no se desarrollaron nunca. Si está de acuerdo, ¿por qué no se desarrollaron?

Es el ambiente. Me pongo a pensar qué opaca ha de haber sido esa etapa de la Independencia hasta el siglo XX, algo tremendamente triste. Hay un viajero francés, que no está traducido al español, que describe a Guatemala de una manera que yo diría trágica; lo que más le llamó la atención es el vuelo de los zopilotes sobre la carroña. Las casas, dice, teniendo una tierra tan fértil, ni siquiera tienen un bonito jardín. Bueno, tal vez hay un poquito de mala fe en este viajero, pero sí describe una ciudad apagada y triste. Ahora es una ciudad bulliciosa y desordenada. Y sigue siendo triste. En cualquier país del mundo, el domingo es un día alegre. Aquí, es un día que no dan ganas de salir.

Parece que eso sucedía desde antes, cuando no había violencia.

Sí, ya sucedía; no sé si ha leído los libros de Jaime Sabartés, Don Julián y Su excelencia. Allí describe la ciudad; no dice que es Guatemala, pero uno inmediatamente lo capta. La describe agobiante, triste, y el domingo es un reflejo de eso. Esperemos que la Sexta Avenida sea un buen paseo dominical…

¿Qué opina de la ciudad llena de anuncios y de extranjerismos?

Horrible. El doctor Carlos Martínez Durán era un hombre muy culto y refinado, hablaba de los anuncios, sobre todo le enfermaban los escritos en inglés, porque tenemos un idioma riquísimo. Ahora se está introduciendo el francés, por lo menos en la televisión, ya no dicen tostado, sino crokant. Muy “elegante”. A las baratas les ponen sale; o se habla de la shopping list de navidad. En Guatemala tenemos tantas cosas bonitas, empezando por las naturales como el musgo, la manzanilla, el pino. Pero, bueno, mucha gente cree que la shopping list y los mall son elegantes.






breve..........
Irma Lorenzana de Luján

Historiadora de Arte, graduada de la Escuela Superior de Arte de París.
Estudió arte en el Museo del Louvre, y recibió clases particulares con la húngara Magda Frank.
En 1962 ganó la Medalla de Plata de la Ciudad de París, por su pintura Árboles, expuesta en el Salón de Artistas Latinoamericanos en París.
Desde hace 14 años publica su columna Plástica, en la sección Cultural de Prensa Libre.

martes, 31 de agosto de 2010

Juan Jacobo Rodríguez Padilla (Guatemala, 1922)



El siguiente es extracto de una entrevista hecha a Juan Jacobo Rodríguez Padilla.


Por Juan Carlos Lemus, (22 de junio, 2003)

Pintor, grabador y escultor. Estudió en la Escuela Nacional de Artes
Plásticas (la que hoy lleva del nombre de su fundador, “Rafael Rodríguez
Padilla”, padre de Jacobo Rodríguez) a finales de los 30 y principios de
los 40.
Cursó estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de París,
1953, en la que llegó a ser uno de los dos guatemaltecos ganadores del
Premio de la Escuela.
Fundador del Grupo Saker-ti, con Arturo Martínez, Huberto Alvarado entre
otros. Creó los murales de las salas Toltecas y Preclásico del Museo de
Antropología de México.
Tiene estudios de arqueología en museos de Guatemala, Francia y México.
Actualmente vive y trabaja en París. Es uno de los más importantes
escultores, pintores y muralistas de Latinoamérica.

Agradezco la valiosa colaboración de José Mejía, quien también reside en
Francia y me hizo los contactos necesarios para obtener respuesta de este
artista.

“Mi idea era volver a mi país”

Luego de tantos años fuera de Guatemala, ¿qué criterio tiene usted del
arte guatemalteco?
“Lo que he visto de la plástica contemporánea guatemalteca es
desafortunadamente incompleto, en viajes apresurados a mi país; el resto,
en reproducciones, que no siempre dan la posibilidad de juzgar sobre el
valor de los originales; pero, aún así, y de una manera general, pienso
que la expresión guatemalteca ha evolucionado y se ha diversificado muy
positivamente.
Por una parte, existen varios artistas de auténtico valor en la expresión,
digamos “culta” de la plástica.
Y por otra, han surgido varios pintores de extracción popular, que se
expresan también con gran libertad e imaginación”.


¿Qué obstáculos confronta un centroamericano en un país como Francia para
desarrollar y mostrar su trabajo artístico?
“No creo que en este terreno haya gran diferencia entre un centroamericano
y un latinoamericano. En una ciudad como ésta, donde confluyen todas las
culturas del mundo, la competencia es, naturalmente, muy fuerte”.

¿Por qué decidió radicarse allí?
“Historia larga… En tiempos de Ubico, no se soñaba ni siquiera con una
beca de estado para las bellas artes.
“Durante la Revolución de Octubre surgió en las gentes de mi generación la
esperanza de poder formarse en un país de mayor tradición cultural.
Personalmente, no tenía una idea clara de cuál país podía ser el más
indicado para mí, pero la información que con algunos años fuimos
adquiriendo, con amigos, uno que otro profesor de la Escuela de Bellas
Artes, donde los hubo muy valiosos y eficaces -algunos con experiencia en
los países de gran tradición-, en fin, todo esto y la inclinación personal
hacia Europa, con la que crecí desde muy niño, oyendo a mi padre
mencionarla, hizo que, al obtener una beca por concurso del Ministerio de
Educación, el lugar elegido para la misma fuera París. Esto me dio la
posibilidad de vivir en esta ciudad.
En ella me encontraba, estudiando fresco y litografía, en la Escuela
Superior de Bellas Artes, cuando sobrevino la contrarrevolución
castilloarmista, y suprimieron las becas.
Habiendo tenido, lo que para mí es un privilegio, la posibilidad de
colaborar con los dos gobiernos del único periodo democrático de nuestra
historia, no podía ser en aquel momento más que un exilado, como los
cientos de compatriotas que estaban llegando a México, a donde me dirigí
también yo, más tarde, quizás para estar más cerca de Guatemala.
“Al principio permanecí, pues, en Francia, forzadamente, porque mi idea
era volver a mi país. En París, ya exilado, me gané la vida trabajando
como dibujante de arquitectura, durante cuatro años.
Luego llegué a México. Allí tuve algunas experiencias de trabajo que
considero interesantes, en particular mi participación en la instalación y
decoración del Museo de Antropología. Pasados dieciesiete años, volví a
Francia, ya con la intención de establecerme aquí definitivamente.
“Para responder a su pregunta, salí de Guatemala con la firme intención de
regresar a ella al terminar la beca, a aplicar lo aprendido y a compartir
experiencias, pero los acontecimientos mencionados me obligaron a
permanecer en Francia, con la que, de manera general, me sigo sintiendo
muy identificado. Por ello, no volví a mi país, que quiero
entrañablemente”.


. ¿Cómo fue la experiencia de realizar los murales en el Museo de Antropología de México DF?
“Muy satisfactoria. Primero, porque la competencia para trabajar en el
Museo era muy ardua. El auge del muralismo había tenido como secuela una
gran cantidad de pintores locales, y también extranjeros, que aspiraban a
realizar el trabajo. Fue pues muy agradable para mí ser seleccionado, no
por haber llenado los requerimientos burocráticos, sino por mi trabajo
personal de creación. Por otra parte, yo adoro el trabajo en equipo. Me
gusta la camaradería que se establece en estos ambientes, donde cada uno
realiza su labor, al lado de los demás, y se departe durante los horarios
destinados a la comida, y se sigue hablando de arte…”
“También aquí en Francia, he podido efectuar murales. Es más, los de
mayor dimensión que yo he realizado hasta ahora, alrededor de 26 metros
cuadrados, y, lo que para mí es importante, al fresco.
“Me cabe la satisfacción de haber llevado a La Gallarde, en la Costa Azul,
algo del patrimonio de mi país…”

¿Piensa retornar a Guatemala?
“El país donde yo he vivido más tiempo es Francia. Esto hace difícil una
decisión. Pero Guatemala nunca dejará de estar presente en mi vida y en mi
trabajo. Mi ideal sería poder pasar la mitad del tiempo en Guatemala, ser
una esponja para lo propio allá, y venir a trabajarlo aquí, a Francia,
donde hay toda clase de materiales: un paraíso para los artistas
plásticos…”

lunes, 26 de julio de 2010

De las tablas al mundo interior: Luis Tuchán


Luiz Tuchán explica algo de su paso por el teatro y de su entrega a la psicología.


Por Juan Carlos Lemus


Durante años, algunos de los mejores directores teatrales del país vieron en Luiz Tuchán a un actor excepcional destinado a dejar honda huella sobre las tablas. Se trataba de un intérprete de grande aplomo y sorprendente fuerza actoral. Quienes lo vimos en el escenario, experimentamos a Macbeth o a Edipo Rey atravesar la cuarta pared y al espectador con un filo auténtico e intempestivo. Hace 10 años, casi de un día para otro, sin embargo —y sin anunciar su retiro con cohetes y Torito—, Tuchán desapareció de escena. Con el tiempo, en los diarios fueron publicados anuncios sobre cursos y talleres de inteligencia emocional, de transformación personal y de alquimia de la vida amorosa, impartidos por el psicólogo y concienciador Luiz Tuchán.
De manera que cuando lo entrevistamos, forzoso era preguntarle el porqué de su retiro definitivo de las tablas. “Para mí, las artes escénicas fueron un medio, no el objetivo de mi vida. Tampoco fui un quijote del teatro, lo hice porque me daba placer. Además, al actuar buscaba ensanchar la conciencia del público”. Es así como lo deja claro; solo será menester, entonces, insistir con otro par de preguntas sobre el tema. Pero antes de proseguir, pondremos sobre la mesa otro aspecto que consideramos de suma importancia:
En el campo del esfuerzo por el autoconocimiento abundan rufianes, charlatanes y merolicos que ofrecen técnicas de superación; otros hablan de espiritualidad con un candil en la mano, y hay quienes practican la psicología como un negocio que abarata la credibilidad en ella, debido a su brutal insignificancia. Nuestro entrevistado está en el otro extremo. Antes bien, sus cortes y zarpazos son rebeldes, van en contra de las palabras prostituidas en los anuncios y el mercado de la mente. Tuchán desprecia a la moral hipócrita y santurrona y sus talleres pretenden contribuir a que las personas se encuentren a sí mismas.
En cuanto a lo rebelde, impreciso sería imaginarlo un agitador social o un Enfant terrible de la psicología. Sería errado por cuanto lo suyo es algo que tiene que ver, sencillamente, con una actitud indagatoria en el océano interior del ser humano. Para él, no puede haber sicología sin espiritualidad y ya nos explicará el porqué.
Nos entrevistamos en un café, una mañana de este mes. Es un tipo que no se anda con rodeos. De entrada, fija su postura: “No pretendo ni que me reconozcan ni que me recuerden, soy un hombre que cumplió con su tarea cuando visitó este planeta; punto”.

¿Estuvo siempre consciente de que abandonaría el teatro?

Desde que entré, lo que había posiblemente era un dejo de exhibicionismo —lo cual es normal en cualquier actor—, pero con el tiempo eso fue cambiando porque el teatro también fue una manera de zambullirme en mi mundo interior. Fue como un objetivo para ensanchar la conciencia del público, y es lo mismo que estoy haciendo ahora, solamente que a través de la psicología.

¿Cómo es posible ser auténtico en la actuación, si actuar es, precisamente, una máscara?

Al actuar, yo no prestaría mi cuerpo para hacer a un personaje, sino que lo saco de mi mundo interior porque adentro tengo una totalidad, como cualquiera. Puedo tener tanto a un criminal como a un santo, a un moralista como a un pervertido, lo que pasa es que es con base en mi libre albedrío que yo podría alimentar en mí al criminal, pero no me interesa porque eso me rebaja.
El teatro es un medio que puede permitir a un actor convertirse en observador, en testigo de sí mismo. Y observar es entrar al nivel espiritual, entendiendo lo espiritual no como algo religioso, sino como el oro del nivel superior de conciencia.

¿Cómo entender la psicología con eso de los niveles de conciencia?

La verdadera fuente de la psicología no es ni la biología ni la filosofía, sino la espiritualidad. La psicología se generó como la ciencia del estudio de la psiquis, desde la antigüedad. La espiritualidad proviene de la experiencia directa de los maestros espirituales, que no son santones ni deidades, sino simplemente seres humanos que han llegado a niveles superiores de conciencia. La realidad no podemos conocerla mediante la mente racional, pues esta es muy limitada; por ejemplo, el cerebro procesa, en un segundo, 400 mil millones de bits de información, y solo somos conscientes de 2 mil bits. El conocimiento de la espiritualidad, en cambio, proviene de seres que han logrado llegar a niveles superiores de conciencia.

Habla de espiritualidad, ¿no le parece que es una palabra a menudo mal empleada?

Lamentablemente, cuando las personas escuchan hablar de espiritualidad, la toman como algo religioso. Las religiones organizadas están al servicio de la sociedad convencional, no al servicio del ser humano. Y las creencias de las religiones son solo interpretaciones de la verdad, pero no son la verdad; las personas se adhieren las creencias religiosas solo porque tienen miedo.

¿Miedo?

Fundamentalmente, hay dos emociones con las cuales algunas religiones manejan con mala intención al ser humano: miedo y culpa. No meto en el mismo saco a todas las religiones, porque probablemente hay algunas que orientan hacia la liberación y que enseñan a alcanzar niveles superiores de conciencia. Es una decisión personal evaluar si mi religión me libera o no.

¿Cómo identificar al malhechor?, quiero decir, a la religión que manipula.

La religión es un camino hacia la espiritualidad. El problema es cuando se vuelve un business. Hay religiones que dicen que uno viene, desde pequeño, manchado por el pecado. Para empezar, en su verdadera acepción, pecado no es una falta moral sino una deficiencia, y es verdad que nacemos con una deficiencia, la de ser incapaces de ver la realidad, pero eso no es una falta moral. Y acorde a esas religiones, usted tiene que ir al dry cleaning para que le laven el alma. Lo manejan con el miedo, sobre todo con el miedo a la muerte; le prometen un paraíso al cual va a llegar. La sociedad convencional maneja tres elementos: la obediencia ciega, la fe y la paciencia. Osho dice que hay dos especies malditas en la humanidad: los profesionales de la religión que ofrecen un paraíso que no existe, y los políticos, que ofrecen un paraíso en la Tierra, que nunca cumplen.

Menciona a Osho. ¿Cuáles son sus referentes?

De la tradición espiritual son Buda, Cristo, Krishnamurti, Osho y muchos otros iluminados. Todos dicen lo mismo, solo que lo plantean de diferente manera. Lo que sucede es que la práctica espiritual siempre estará impregnada por los ingredientes culturales.

Esos personajes coinciden espiritualmente, pero algunos de ellos, materialmente, vivieron polos opuestos; por ejemplo, Gautama Buda era príncipe pero eligió dejarlo todo, y contrasta con Osho, quien tuvo 93 Rolls-Royce y relojes caros. ¿Cómo deberíamos entender ese contraste?

Cuando Osho estaba en India, antes de ir a EE. UU., donde lo mataron la CIA y las religiones extremistas, mandó a comprar el carro último modelo más caro que se pudiera. Y luego, dijo: “Antes de comprar el carro nadie hablaba de nosotros, ahora que lo compramos, todo el mundo lo hace”. Osho es el más contestatario de todos. En su autobiografía explica que da lo mismo meditar en una carreta de bueyes que en un Roll-Royce. Tenía 93 de estos carros porque se los regalaron todos.
Y todo eso me recuerda otra anécdota muy interesante; en una ocasión, una periodista le dice: “A ti te llaman el gurú del sexo porque escribiste un libro sobre el sexo”, y Osho le contesta: “Yo escribí un libro que trata del sexo hacia la superconciencia, pero tú solo leíste la palabra sexo”.

Imparte talleres sobre alquimia de la vida amorosa. ¿Qué es el amor?

Las personas piensan que el amor es “una emoción”, dicen que es “el sentimiento más elevado” y no sé que más pendejadas. Pero cuando entramos en ese campo de lo espiritual nos damos cuenta de que el amor es uno de los poderes superiores del ser humano, igual que el conocimiento y la voluntad.
El poder yo lo controlo, el amor es para mí un poder. Pero las relaciones amorosas se basan en el sentimiento y por eso fracasan. Las emociones no pueden ser la base de una relación porque fluctúan, son fuertes o débiles, hoy están y mañana no, y si solo entiendo el amor como un sentimiento, entonces soy objeto de una emoción. El amor no está al inicio de una relación de pareja; lo que hay es una reacción física ante un estímulo, y la mayoría se queda con eso y años después están decepcionados porque ya no sienten lo mismo y, claro, en una relación permanente no puede bastar la emoción. Las parejas siempre van a seguir formándose así, pero es importante tenerlo claro y estar capacitados para comprometerse en esa aventura para lograr ambos el verdadero amor, que es incondicional. Además, algunas personas tienen dificultades para la intimidad, les cuesta mucho mostrarse desnudos ante los demás, pero la verdadera intimidad no es física, sino sicológica y espiritual.

¿Por qué del miedo a esa intimidad?

Porque nos desconocemos, porque estamos llenos de traumas y de carencias. Los seres humanos somos, básicamente, entes traumados, si entendemos como trauma toda situación para la cual yo no tengo respuesta, y usted no tenía respuesta para la primera nalgada que le dieron, ni para la primera inyección que le pusieron, ni para la primera vez que lo llevaron al colegio. Claro que los organismos responden de diferente manera. Algunas de esas situaciones no han sido tan graves y no han dejado heridas tan profundas como otras. Y todo ese mundo que está refundido en el inconsciente es el que determina un 95 por ciento del comportamiento del ser humano.

En algún momento habló de Iluminación, ¿para qué alcanzarla?

¿Para qué vino usted a este mundo? ¿Cuál es el objetivo de su vida? ¿Ser feliz? Claro que la felicidad cada cual puede definirla de diferente manera. ¿Es tener cosas? ¿Es alcanzar grados académicos? ¿Es ser famoso? Usted va a definir la felicidad dependiendo de su nivel de desarrollo espiritual. Si usted es una persona materialista, la va a definir como la obtención de riqueza, prestigio o poder. Pero, para empezar, la felicidad es un estado interior que nadie me puede dar. Está en mí, y eso nos lleva a otro aspecto. Hay personas que no asumen nunca su responsabilidad y siempre están diciendo que son infelices porque la mujer les falló, porque el marido “les salió mal”; siempre están diciendo “si ella cambiara, yo sería feliz”, eso es infantilismo emocional. En realidad, yo uso lo que otra persona hace, dice o sienta para sentirme mal, pero no es la persona la que puede hacerme sentir mal a mí. Es como que usted toque una de mis cuerdas flojas, pero la cuerda floja es mía, no de quien me la tocó. Es una cuestión de elección.

(En el 2002, Luiz Tuchán lanzó su Manifiesto a los poetas escénicos en decadencia, un verdadero golpe agitador de las aguas teatrales. Cierro esta entrevista citando el último párrafo de ese documento: “Que cada quien camine por donde quiera, mientras su caminar sea producto de una decisión consciente y asuma la responsabilidad existencial, social e histórica de las consecuencias”).












En resumen

Luiz Tuchán Valle (Guatemala, 1945) es licenciado en Psicología por la Universidad de San Carlos de Guatemala.
Es maestro de Arte. Fue actor de los 5 a los 55 años de edad (renunció al teatro en el 2000).
Tiene un extenso currículo como director y ejecutor de programas psicológicos en centros educativos y entidades internacionales.